Recuperemos la cosmovisión de los padres fundadores
Por Juan Carlos de Pablo[1] (*)
Al finalizar su conferencia presidencial ante la American Economic Association (AEA) Paul Anthony Samuelson (1962) afirmó correctamente que los aplausos no se rechazan, pero que cada uno de nosotros valora particularmente los que nos brindan los colegas, porque ellos están en mejores condiciones para apreciar los esfuerzos y los resultados. Viendo con mi esposa Ana María, y con mis hijas Gabriela Inés y Cecilia María, espectáculos de patinaje sobre hielo, más de una vez me pregunté si las piruetas más festejadas por el público, serían las más difíciles de lograr.
Por esta razón me pone muy contento ingresar a la “Corporación”. Aclaración importante, para quienes le asignan tanta importancia a la profesión en la vida de una persona, que hablan del tenista Vilas, el pianista Barenboim y el economista de Pablo: ingresa a la institución una persona, de profesión economista, con sus manías y sus fobias, su energía, su estilo y sus pasiones, para interactuar de manera fructífera con otras personas.
Repasando la lista de miembros y ex miembros de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE), observo con emoción que la integran 6 de mis profesores de la Universidad Católica Argentina: Cayetano A. Licciardo, José María Dagnino Pastore, Carlos María Moyano Llerena, Felipe Santino Tami, Francisco Valsecchi y Javier Villanueva. Especial mención también merecen Adolfo César Diz y Alfredo Juan Canavese, quienes remaron con ahínco para que ocupara un sitial en la ANCE, y lamentablemente fallecieron. El resto de la lista está integrada por ex jefes, un compañero de estudios, talentosos y esforzados colegas de tantos años y algunos destacados jovencitos.
También quiero agradecer a Alfredo Martín Navarro por sus palabras de bienvenida. Nuevamente cito a Samuelson, esta vez para recordar que, como dijo un tal “Dr. Samuel Johnson”, en circunstancias como ésta el presentador no habla habiendo jurado decir la verdad. Así que tomo lo que acabo de escuchar como una muestra de profundo afecto y leve exageración.
1. JULIO CESAR CUETO RUA
Entre las sanas tradiciones de la ANCE está el hecho de que, en el discurso de incorporación, el nuevo miembro debe referirse a quien reemplaza en el sitial que ocupa (en mi caso, el No. 24). Aunque me parece una buena idea la que Alberto Porto tuvo el 31 de agosto de 2005, cuando en su conferencia de incorporación pasó revista a todos los que habían ocupado el sitial No. 33 antes que él, con perdón de Ricardo Pillado, José M. Eizaguirre, Nicolás A. Avellaneda y Robustiano Patrón Costas, me voy a circunscribir a mi antecesor inmediato, Julio César Cueto Rúa.
Cuando el 27 de octubre de 1966 José Heriberto Martínez le dio la bienvenida, lo presentó como un “hombre joven, estudioso, dinámico e inquieto por la solución de los graves problemas económicos y financieros que agobian al país”. Cueto Rúa era abogado y doctor en derecho por la Universidad Nacional de La Plata, y Master of Laws por la Southern Methodist University School of Law de Dallas, donde también dictó clases. Además de lo cual fue ministro de Industria y Comercio de la Revolución Libertadora.
En su conferencia de incorporación, titulada “La representación de intereses económicos en el Estado moderno”, comenzó diciendo que “las sucesivas crisis que han sacudido a la sociedad argentina en las últimas 4 décadas [afirmó en 1966] han terminado por exhibir, en su cruda desnudez, las agudas divergencias existentes entre la teoría de nuestras instituciones de gobierno, especialmente las representativas, y la concreta realidad de nuestra vida política”, para terminar sosteniendo que “los intereses económicos han sabido encontrar medios eficaces para hacerse oír y gravitar en las decisiones de gobierno. Lo que ahora debe buscarse es un procedimiento, no menos eficaz, para facilitar la articulación y expresión de los intereses de la comunidad. Es la ciudadanía la que aguarda su adecuada representación en el Estado” (subrayado en el original).
Casi medio siglo después, la actualidad de este planteo es notable. En particular, cada vez que se reflota la idea de los “acuerdos económico-sociales”, de naturaleza corporativa, donde quienes se sientan alrededor de la mesa cuidan que los platos rotos sean pagados por los ausentes: los tenedores de pesos, los contribuyentes impositivos, los ahorristas, los asalariados informales, etc. Frente a estas posturas sectoriales, con frecuencia a los economistas nos hacen aparecer como los malos de la película, porque somos los únicos que defendemos los intereses de los ausentes en las mesas de negociación.
Más allá de sus ideas, en el plano personal destaco 2 hechos. Enseñando en Dallas, Cueto Rúa tuvo entre sus alumnos a un joven abogado cubano, quien al regresar en 1959 a su país natal se encontró con las primeras manifestaciones de la Revolución Cubana, y haciendo planes para migrar le escribió a su ex profesor, quien le propuso que viniera a Argentina. Así fue como Armando Paulino Ribas se estableció entre nosotros, y como buen extranjero afincado en estas tierras analizó nuestra historia de manera profunda y clarificadora[2].
El otro evento tiene que ver con la preparación de La economía argentina durante la segunda mitad del siglo XX (de Pablo, 2005). Al terminar la versión preliminar del capítulo dedicado a la Revolución Libertadora, para que me hiciera comentarios le envié una copia a Adalbert Krieger Vasena, quien se había desempeñado como ministro. Junto a los comentarios me recomendó enviarle otra copia a Cueto Rúa, quien también había sido ministro en el mismo período. Así lo hice y al día siguiente de recibirla me llamó por teléfono y me dijo: “lo invito a almorzar, le voy a explicar cómo funcionaba el gobierno presidido por Aramburu”. Así fue como me junté con un valioso testimonio, que sólo conocían los protagonistas y los testigos calificados.
Cueto Rúa fue miembro de esta Academia durante 41 años, no me va a resultar fácil superarlo en este sentido.
2. LA COSMOVISION DE LOS PADRES FUNDADORES
Guardando las distancias, la conferencia de incorporación a esta Academia ofrece una oportunidad similar a la que se le presenta a quien gana un Oscar o el premio Nobel. Se trata de un evento que concita la máxima atención posible en la palabra del galardonado, y que por consiguiente no debe ser desaprovechado[3].
Si hubiera ingresado a la Corporación hace un par de décadas, muy probablemente en la conferencia de incorporación me hubiera ocupado de “la economía en los medios masivos de comunicación”; y si hubiera ingresado hace una década muy probablemente mis palabras se hubieran referido a “la economía como proceso decisorio[4]” . Hoy siento la necesidad de levantar la puntería, ofreciendo material para -junto con mis colegas- reflexionar sobre un tema que hace tiempo me viene preocupando.
Titulé mi disertación “Recuperemos la cosmovisión de los padres fundadores”. El enunciado de mi inquietud es muy simple: ¿no estaremos equivocando el rumbo, como profesión? En otros términos; ¿no habrá que “volver a las fuentes”, obviamente que con la debida actualización? Lo que sigue no es un teorema, es casi una arenga o, mejor dicho, una propuesta para reflexionar y guiar la acción.
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La publicación, en 1776, de Investigación acerca de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, podrá considerarse el nacimiento del análisis económico sistemático, pero en modo algún implica que nadie antes había reflexionado sobre los aspectos económicos de la realidad. Por algo en las historias del pensamiento económico escritas por Schumpeter (1954) y Zalduendo (1998) Adam Smith aparece cuando ya habían transcurrido 25% de las páginas, y en la de Fernández López (1998) la mitad de la obra. Pero para la reflexión que quiero desarrollar, cuando aludo a los “padres fundadores” estoy pensando en Smith, David Ricardo, Thomas Robert Malthus, y también en Karl Heinrich Marx y en John Stuart Mill.
El análisis económico nació sistémico y comprometido con la acción concreta. Cuando me refiero a la perspectiva sistémica quiero significar que los padres fundadores no concentraron su atención en el ciclo económico sino en la evolución tendencial, no exenta de crisis. Nadie imagina a Smith, Ricardo o Marx, preocupados por el PBI del trimestre anterior, o el índice de precios al consumidor del mes pasado.
Cada uno de ellos, como muchos de sus contemporáneos, era motivado por el siguiente interrogante: ¿a dónde iremos a parar si no hacemos nada; qué habría que hacer para evitar la catástrofe que generarán determinados hechos, en ausencia de medidas? Ricardo a partir de los rendimientos marginales decrecientes del sector primario, Malthus en base a la explosión demográfica, pronosticaban que en ausencia de correcciones, el crecimiento contemporáneo desembocaría en el temido estado estacionario. Marx pronosticaba el inevitable colapso del sistema capitalista ante su incapacidad por resolver sus “contradicciones internas”.
Al respecto no está de más aclarar que, afortunadamente para la humanidad, ninguno de los temores sistémicos se verificó en la práctica. A raíz del cambio tecnológico agropecuario en el caso de Ricardo, y de la mejora en los ingresos y los anticonceptivos en el de Malthus, seguimos viviendo muy lejos del estado estacionario[5]. En cuanto a Marx, es cierto que el Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989, pero para el lado contrario al esperado por la perspectiva marxista. Pero aquí lo que quiero enfatizar es la perspectiva adoptada por los padres fundadores. Hoy Smith, Ricardo, Marx, etc., concentrarían sus energías en el análisis de cuestiones como la de la globalización, entendida como fenómeno económico, político, etc., y también plantearían qué habría que hacer al respecto.
Con respecto al compromiso con la acción concreta, “la economía clásica tuvo muchos detractores, los más curiosos de los cuales afirmaron –inmediatamente después de la batalla de Waterloo [1815], cuando Gran Bretaña se inclinaba hacia el librecomercio y Ricardo estaba en el Parlamento- que se trata del esfuerzo realizado por escoceses, judíos y radicalizados. Hay algo de cierto en esto… Los escoceses y los ingleses nunca derrocharon mutuamente afecto. En el siglo XIX un conjunto de escritores ridiculizó al análisis económico por ser escocés… La economía clásica efectivamente fue inventada por 2 escoceses: David Hume y Adam Smith[6]… El análisis económico se mudó a Londres en 1800, y su ‘inglesización’ se hizo evidente en la controversia bullonista de 1810. De los 48 miembros que el Political economy club tuvo entre 1821 y 1831, sólo 4 eran escoceses” (Grampp, 1976).
“De los economistas de nota, Ricardo fue el único judío… No existe ninguna evidencia de que carecía de escrúpulos, lo cual no quiere decir que no fuera especulador… No era vulnerable simplemente por sus ideas, sino principalmente porque los judíos, como los escoceses, estaban asociados con la economía política y el mercado… Muchos objetaron que pudiera ingresar al Parlamento, dedicándose a una ocupación que no tiene ‘propiedad moral, religiosa o política’, y que representa ‘una mancha sobre las calificaciones sociales de una persona’… Partidario del librecambio, era considerado mero ciudadano del mundo, indiferente al bienestar de Gran Bretaña, y sólo vinculado con el país que ofreciera la mayor tasa de beneficio”[7] (Grampp, 1976).
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[1]Conferencia de incorporación como Miembro Titular, Academia Nacional de Ciencias Económicas, 9 de noviembre de 2011. Desde perspectivas complementarias, Ana María de Pablo y Alfredo Martín Navarro me hicieron llegar útiles comentarios y sugerencias, luego de leer la versión preliminar.
[2]Particularmente en Ribas (2000), donde afirma que Argentina, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se convirtió en un ejemplo exitoso de un programa diseñado e implementado por… gallegos, sin ninguna clase de concurso anglosajón. Vicente Vázquez Presedo (1971, 1978, 1992 y 1999), ex miembro de la ANCE, es otro buen ejemplo del valioso análisis histórico local, realizado por un inmigrante.
[3]Presumiendo que la enorme mayoría de los economistas las oportunidades no las desperdician, de Pablo (1993) buscó consensos y disensos analizando las conferencias Nobel, las conferencias presidenciales de la AEA, las conferencias Ely y las sintéticas autobiografías que, gracias al esfuerzo de Luigi Ceriani, durante muchos años fueron publicadas en la Banca Nazionale del Lavoro Quarterly Review.
[4]Cuestiones que analicé en de Pablo (1993a y 2004) respectivamente.
[5]El Club de Roma auspició una investigación sobre Los límites del crecimiento (Meadows y otros, 1972). Un grupo de investigadores aplicó el método de `dinámica de sistemas’, de Jay W. Forrester, para estudiar el impacto que sobre el crecimiento del PBI mundial, tendrían el agotamiento ciertos recursos naturales no renovables, y la degradación del medio ambiente, concluyendo que “si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, el planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos 100 años. El resultado más probable será un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial; [pero] es posible alterar estas tendencias de crecimiento y establecer una condición de estabilidad ecológica y económica que pueda mantenerse durante largo tiempo”. La obra no fue tomada en serio por los economistas. “Es totalmente cierto que si la demanda de un recurso (ejemplo: tierra) crece de manera exponencial, y su oferta es limitada, algún día desaparecerá su oferta excedente. Pero esto fue así desde el comienzo de la humanidad, y no impidió el crecimiento desde la época de Pericles, donde también se podía haber planteado un enfoque de crecimiento exponencial… En comparación con los problemas reales, los generados por la polución o la desaparición de algún recurso no renovable, son menores” (Beckerman, 1972).
[6]“Existe una doctrina y método específicos en el pensamiento económico escocés, particularmente claro e influyente entre 1730 y 1870, basado en el enfoque filosófico y social. Nacido del suelo y la atmósfera reinante en Escocia… Hume, Smith, Hutcheson, en Edinburgo y en Glasgow, estudiaron teología natural, filosofía moral y derecho. Hutcheson se inclinó hacia la moral, Hume al escepticismo metafísico, Smith a la economía… Le tenían fe a la libertad natural, en una sociedad natural… No entenderemos a Smith si nos olvidamos de sus raíces; su obra no se debe al aire o simplemente a su talento personal. Fue un verdadero escocés del siglo XVIII… Inglaterra era el enemigo natural, de ahí que las amistades de los escoceses vivieran en los Países Bajos y en Francia” (Macfie, 1955).
[7]“Según los críticos, el librecomercio colocaba a la nación frente a un triple riesgo: reducía el stock de capital interno, debilitaba su flota naval y disminuía el imperio. Ergo, quienes estaban a su favor eran peligrosos. Siendo peligrosos, constituían una amenaza, y quienes amenazan una nación es porque la quieren subvertir. A través de esta retórica se le quiso hacer creer a la población que los librecambistas querían implementar una doctrina espúrea, planteada por estafadores escoceses, al servicio de los intereses de los cosmopolitas capitalistas judíos, con resultados subversivos” (Grampp, 1976).
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