Subscribe via RSS Feed Encuentranos en Flickr

Las instituciones importan

[ 0 ] 10 febrero, 2012 |

Por Juan Russo (*)

Tuve la impresión de estar leyendo declaraciones de un diario fechado en las primeras décadas del siglo pasado. Entonces la idea de muchos era experimentar en política con propuestas de orden superadores de la democracia liberal, y surgieron muchos experimentos, donde destaca el fascismo italiano, por cuanto fue matriz de muchos ordenes políticos de la primera mitad del siglo.

La confusión conceptual es una vieja enemiga de la democracia. Resulta por lo menos sorprendente, que cuando en la actualidad una parte importante del debate político gira en torno a aspectos de la calidad de la democracia, con énfasis en controles sobre los gobiernos (imperio de la ley, y responsabilidad de los gobernantes) y reforzamiento de derechos ciudadanos (civiles, políticos, sociales y culturales), se encuentren opiniones, como la del profesor Ernesto Laclau, proponiendo aumentar el poder de las elites de gobierno, así como de perpetuar al gobernante en el poder.

Leyendo las afirmaciones que Laclau hace en la entrevista publicada por La Nación con fecha 8 de enero, no puede dejar de impresionar semejante melange de conceptos y por lo tanto de teoría política, con voluntad de efectos prácticos. Si las afirmaciones del profesor Laclau impactaran sólo sobre investigadores que a partir de ellas, se dedican a contrastar empíricamente esas conjeturas, se trataría de afirmaciones quizás entretenidas para un estrecho circulo de académicos. O si incluso impactara sobre alumnos de un seminario de posgrado, también los alumnos podrían verificar rápidamente que en América Latina, uno de los riesgos recurrentes ha sido la búsqueda de perpetuarse en el poder. Pero el señor Laclau es presentado en la nota como un intelectual próximo a los gobiernos Kirchner, y en tal sentido su opinión tiene no solo valor teórico, sino sentido práctico, por cuanto incide potencialmente en decisores relevantes, con consecuencias para amplios sectores de la población. Hay al menos dos afirmaciones que requieren un comentario. La primera es relativa a la cuestión de la reelección. Y la segunda relativa a asociar el congreso con el poder conservador.

Sobre lo primero el profesor Laclau pregunta por qué debe limitarse la reelección. Es decir, se propone la reelección indefinida. Si se quiere responder a la cuestión, hay que hacerlo en relación a las consecuencias del reeleccionismo. La reelección tendría al menos dos consecuencias negativas para una buena democracia. La primera atañe a la competencia política. Es claro que la reelección indefinida implicará, en países con escasos controles, como Argentina, la posibilidad de usar los recursos del estadoa favor de mantenerse en el poder. Lo que pone en desventaja a la oposición y deteriora de modo creciente las condiciones de la competitividad política. La lógica de la competencia (por cierto ideal) en política, supone que antes de iniciar la competencia, nadie tiene el premio que se obtiene al llegar a la meta (es decir el gobierno) y a partir de ello, los partidos (al igual que atletas que compiten) persuaden a los ciudadanos, sin dañar a los competidores (el daño es propio en la lógica de la acción del conflicto político, porque alguien quiere arrebatar el premio a quien ya lo posee). Por ello, cuando se propone reforzar la competitividad, simultáneamente se establece que el gobierno no use los recursos a favor de ninguno de los competidores, y se trazan limites especiales cuando quien compite es el propio gobernante que debe ser evaluado por los ciudadanos. La reelección indefinida mas la escases actual de contrapesos institucionales, serían un coctel perfecto para desalentar la competividad política y socavar la democracia.

El segundo argumento contrario a la reelección indefinida proviene de la colonización que el ejecutivo haría sobre las instituciones del estado, así como de esferas de la sociedad civil, que puedan mermar su poder. Es decir, un gobernante que se perpetúa mediante el voto indefinidamente, termina construyendo un orden político, popular pero no democrático. La democracia supone el pluralismo, y ello implica favorecer condiciones para que la oposición no sólo sea tolerada, sino también sea legitimada por los actores relevantes. En ese sentido hay un retroceso en Argentina. Desde el inicio de la democracia en el 83, los presidentes se esmeraron en fortalecer el sistema de partidos como base de la democracia, y legitimaron una y otra vez a la oposición, aun en momentos de gran debilidad de esta.

La reelección indefinida implicaría menos controles, menos competitividad, y más deterioro de la democracia.

El profesor Laclau menciona a los ejecutivos de Europa como casos de reelección indefinida, pero ello supone una comparación inadecuada de sistemas parlamentarios con los sistemas presidenciales. Sea la función del parlamento, sea la separación de responsabilidades entre presidente o monarquia y jefe del ejecutivo, y la propia representación política, así como los recursos de que disponen, diferencian claramente los sistemas parlamentarios de los presidenciales. Las democracias europeas vigilan de cerca a sus gobiernos. Aun la monarquia española, frente al escandalo Urdangarin, ha decidido rendir cuentas de sus gastos y transparentar su presupuesto.

Es curioso que hoy, cuando se discute sobre la calidad de la democracia, se nos proponga una medida que no considera el impacto sobre las instituciones. Decir que quien se preocupa por las instituciones, es conservador, es regresar al debate previo al 83 que suponía la antinomia entre democracia formal y democracia sustantiva. Cuando en verdad, como nos recuerda el maestro Bobbio, muchas de las que hoy son “formas” fueron en su épocas “contenidos” de demandas que costaron movilizaciones, y en el caso argentino, vidas para alcanzar la tolerancia de la pluralidad.

La realidad es (y siempre fue) muy compleja y la complejidad, además de muchas variables, requiere precisión. El eje de la demarcación derecha/ izquierda, o si se quiere conservador/progresista, es un eje relevante, pero sólo un eje, que alude a fracturas socioeconómicas e ideológicas. Hay otros ejes, también relevantes, como los del autoritarismo/ democracia, o malas democracias/buenas democracias. Evitar el simplismo derecha /izquierda cuando se analiza la política contemporánea, es prevenir que se justifique violentar la democracia porque los contenidos políticos son progresistas, o se justifique avanzar hacia el cesarismo aduciendo que los congresos en América latina han tenido comportamientos políticos conservadores. En verdad, una democracia es buena democracia, si los derechos ciudadanos implican mayor autonomía. Toda política de concentración de poder (y el reeleccionismo va en ese sentido) implica ciudadanos menos autónomos.

Desde el 83, en Argentina, los avances institucionales no han coincido siempre con la bonanza económica. En estas épocas, la prosperidad debería ser un recurso no sólo para dar más poder al gobierno, sino para fortalecer los controles y mejorar las instituciones. Es una oportunidad histórica para que el crecimiento económico se conjugue con un crecimiento de la calidad democrática.

(*) Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia. Profesor Visitante en el Centro de Investigación y Docencia Económica, CIDE, México.

Categorias: Columnistas Invitados, Juan Russo, Opinión, Sin categoría

Perfil de : Ver Perfil.

Responder




IMPORTANTE: Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algun comentario violatorio del reglamento sera eliminado e inhabilitado para volver a comentar.

Para dejar una imagen en el comentario, ir a Gravatar.