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Descentralizar es confiar en la libertad del individuo

[ 0 ] 25 junio, 2019 |

 

por Raúl Rigo (*)

EBUna de las profundas raíces de nuestro autoritarismo vernáculo es el centralismo político y administrativo que nos acompañan desde nuestros orígenes virreinales.  En efecto, el centralismo,argamasa que contribuyó decisivamente a cimentar las etapas iniciales de la organización nacional argentina se transformó, con el tiempo, en una perversa telaraña donde perecen las fuerzas individuales, creadoras y meritocráticas de nuestra sociedad.

El hallazgo más curioso y alarmante es que, en Argentina, el centralismo (político, económico y administrativo) ha sido criticado por todos y, al mismo tiempo, arropado y cuidado por todos: la sociedad entera, de una manera u otra, ha recibido beneficios de sus pródigas manos.  El centralismo está en nuestro ADN nacional:una herencia precolombina e imperial, un territorio diverso, complejo y extendido, unas élites sociales y económicas que no pudieron primar sobre los indómitos caudillos provinciales o regionales, unos mecanismos de cooptación y compensación económica (transparentes y opacos) para imponer el centralismo del puerto de Buenos Airesal resto del país y un progresivo “desentendimiento” por parte de la sociedad de las cuestiones próximas o “domésticas”: cómo se toman las decisiones en el ámbito público, cuánto cuesta producir los bienes públicos, quién paga por ellos, cómo nos aseguramos su calidad o la accesibilidad del público a ellos y un largo etcétera.  Al mismo tiempo, los gobernantes locales comenzaron a advertir (y a disfrutar) las ventajas de dejar en manos de Buenos Aires la peor parte de la fiesta: recaudar los impuestos, hacer cumplir las leyes federales, ocuparse de la seguridad interna y externa y administrar el presupuesto nacional.  Buenos Aires pagó puntualmente sus costos políticos y sociales contra el beneficio de tener “la sartén por el mango”.  Así, como una vistosa fuente de aguas danzantes, el centralismo argentino se convirtió en un dispositivo que succiona, a través de una efectiva cañería, nuestras fuerzas individuales y sociales vitales y nos las devuelve, desparejamente, bajo la forma de una lluvia engañosa y evanescente.

El centralismo (político, económico y administrativo) argentino ha sido, predominantemente, democrático: nació al calor del voto calificadosostenido por los gobiernos conservadores de fines del siglo XIX y principios del XX, creció como una enredadera sosteniéndose en los frágiles hilos que tendió el sufragio universal,hacia 1912,y se convirtió en un robusto árbol fertilizado por los regímenes proteccionistas y sustituidores de importaciones de mediados del siglo XX, que llegaron al poder desde las urnas.  Creo que por ese motivo fue aceptado por la mayoría de la población, casi sin cuestionamientos, ni dudas, ni sospechas.Sin embargo, seguramente por efecto de su propia dinámica, el centralismo cobijó y dejó que se expandiera por toda la sociedad el germen del autoritarismo.  No resulta sorprendente: bajo sus reglas -y ése ha sido el caso de Argentina- lo más conveniente es tratar de tomar, de la torta social, la mayor tajada posible y transferir a los demás responsabilidades y costos, por las buenas…o por las malas.  Y por las malas fue, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX: décadas de violencia política, económica y administrativa -en lo institucional- y de conductas arrabaleras, atropelladoras y hasta criminales -en lo social-.

El centralismo, el autoritarismo y el populismo que tanta miseria, penuria y pobreza han traído a nuestro país pueden ser limitados si logramos acuerdos políticos que permitan que se expanda el luminoso proceso de la descentralización, ya sea política o administrativa.  En este punto, y tratando de referirme a las barreras o dificultades (y aportes potenciales) que acompañan a cualquiera de estos procesos diría que las hay, al menos, de dos tipos: (i) psicológicas y (ii) materiales.  Estas barreras (y aportes) son tan generales y tan efectivos que dividen a nuestra sociedad en dos mitades, cada una de las cuales piensa -sobre cada issue en cuestión- exactamente lo contrario a lo que piensa la otra.  En Argentina denominamos, coloquialmente, a este fenómeno “la grieta”.

Las comunicaciones, los viajes de los argentinos al exterior, el hastío social, el cambio generacional, las nuevas tecnologías y la fuerza arrolladora de la globalización han dado espacio, a pesar de “la grieta”, a dificultosos acuerdos políticos que promovieron muchos casos de descentralización política y administrativa; distinguiremos dos, ambos con efectos -a mi juicio- muy positivos en términos políticos, económicos y administrativos.

El primer caso, ejemplo de descentralización política y administrativa, es la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires que es, a su vez, sede del gobierno federal argentino.  Hasta 1994, los porteños (8% de la población total país) no podíamos elegir democráticamente a nuestras autoridades: eran elegidas por el Presidente de la Nación como jefe inmediato y local de la ciudad.  A partir de la reforma constitucional de ese año, la flamante Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) cuenta con tres órganos de gobierno regidos por una Constitución local que le garantiza autonomía política y financiera. Complementariamente, se promulgó la Ley Nº24.588 que deslindó garantías entre la CABA y el gobierno federal dando lugar a la transferencia -hacia CABA- de servicios de justicia, educación, salud y seguridad, entre otros, proceso aún en curso.  Largas, ruidosas (y efectivas para la CABA) batallas mediáticas y judiciales han tenido lugar entre ésta y el gobierno federal por la transferencia de los recursos económicos para financiar los servicios descentralizados al amparo de esta ley.  A partir de la descentralización, la vida política, pública y social floreció en la próspera CABA.  Se dispararon los índices de legitimidad y participación social, sobre todo por la implementación de la Ley 1.777 (septiembre de 2005) que reglamentó una manda de la Constitución local referida a la creación de comunas, unidades de gestión política y administrativa, con competencia territorial, patrimonio y personería jurídica propia. CABA cuenta hoy con 15 comunas que están llevando adelante, con reconocido éxito, procesos de descentralización administrativa (trámites usuales para los vecinos) guiados por los principios del e-government y del open government.  Así, se han sustentado mejoras de eficiencia notables que permiten que CABA pueda brindar, además, razonables servicios de salud y educación a una importante porción de los 8 millones de habitantes que viven en el “Gran Buenos Aires”, la enorme (y desigual) zona metropolitana de Buenos Aires.  Una cuestión final: la descentralización política que permitió la creación de CABA dio tono y fuerza a un nuevo partido político local y liberal(PRO, Propuesta Republicana) que la ha gobernado desde el año 2007 hasta el día de hoy.  PRO se alió, luego,con la Coalición Cívica y con la Unión Cívica Radicalpara conformar el frente nacional CAMBIEMOS que, desde el año 2015, viene derrotando con inusitada y efectiva fuerza -en las urnas-  a los más activos defensores del nocivo centralismo argentino.

Segundo caso:descentralización administrativa en la Provincia de Buenos Aires.  Es la provincia más grande de Argentina que tiene, entre otras características, una doble realidad: un conjunto de unos 40 municipios “latinoamericamente” desiguales en su interior, lindantes con CABA y que conforman el ya aludido “Gran Buenos Aires” y un poco menos de 100 municipios, ubicados en la Llanura Pampeana opulenta e integrada -desde siempre- al comercio mundial. Una muy inteligente decisión del gobierno provincial impulsó un proceso de descentralización administrativa (sólo transferencia del control de la gestión) mediante la puesta en práctica, entre otros, de dos programas que operan en el Gran Buenos Aires y que son supervisados por los ministerios provinciales respectivos: “El Estado en tu Barrio” y “Cerca de Noche”.  Ambos programas parten de una misma idea rectora: es imprescindible que la potente oferta de servicios al ciudadano que brinda la provincia (trámites civiles obligatorios, asistencias sociales y sanitarias y cobertura de emergencias) sea accesible desde la proximidad física.  Así, se ha dispuesto la creación de oficinas barriales que implementan la idea de “ventanilla única” a través de la cual el vecino accede al servicio con comodidad y sin intermediarios. La variante que introduce “Cerca de Noche” es que presta servicios a aquellos vecinos que no pueden hacer sus trámites durante el día porque están trabajando. Además, atiende emergencias familiares (violencia de género, dependencia de sustancias, ludopatías) que se producen, usualmente,“de noche”.

Como conclusión: estos ejemplos nos muestran que la descentralización (política y administrativa) han mejorado la gobernabilidad, la percepción de legitimidad de las autoridades por parte del público y la participación social. En otras palabras, la descentralización fortalece la democracia, mitiga el autoritarismo ydebilita, especialmente, al populismo y a su insoportable (y cara) consecuencia: el antiprogreso.

 

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