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Dos x uno: Diciembre 2001

[ 0 ] 21 diciembre, 2011 |

Por Francisco Delich (*)

No podíamos haber empezado peor el nuevo siglo: una crisis económica entre cuyos ingredientes encontramos una larga recesión, un sobreendeudamiento externo y una sobre valuación de la moneda donde cada uno de ellos alcanzaría para definir la coyuntura económica. Una protesta social en la capital federal, gran Buenos Aires y algunas ciudades del interior. Una crisis política e institucional que culminó con la renuncia del presidente de la República. Una crisis de legitimidad que se condensó en una consigna” que se vayan todos”, alarido deslegitimante que alcanzaba a la totalidad de los líderes políticos y no reconocía fronteras ideológicas. Nunca tuvo tanto sentido el término crisis que por lo general carece conceptualmente de significado.

Se están cumpliendo diez años de aquellos episodios, la recesión terminó hace tiempo, la deuda externa se redujo, la moneda después de una devaluación del 400% tendió a estabilizarse. La protesta social se fue diluyendo con el tiempo. La crisis política se resolvió en el marco del sistema democrático. Y algunos líderes fueron legitimados y otros descartados.

Diez años después alcanzan para mirar la coyuntura encapsulada en sí misma aunque sabemos que las estructuras la interconectan con otras coyunturas pasadas y presentes. Pero la propia coyuntura invita a una reflexión algo menos esquemática, superficial y cargada de prejuicios y trivialidades como las que conocimos.

Si se exceptúa al propio ex presidente De la Rúa y al periodista Horacio Verbitsky la hipótesis de un golpe de estado no ha sido mencionada y menos aun explorada. El fracaso del gobierno de la Alianza ha sido certificado por ante escribano público y no merece ninguna atención, no corresponden los matices. Todo ha sido dicho y ante semejante unanimidad la pregunta acerca del golpe de estado es irrelevante, casi lo justificaría de haber existido.

¿Adolfo Rodriguez Saa? Porqué renuncia apenas cinco días hábiles después de ser elegido por el Congreso de la nación y tras una votación del mismo Congreso en pleno aplaudiendo fervorosa y unánimemente la moratoria de la deuda externa. Adolfo lo dijo también y lo repite en público y en privado: fue víctima de un golpe de Estado. ¿Pura justificación de fracaso?

Unas semanas antes de estos fatídicos días el Senado de la Nación rompe una tradición parlamentaria consolidada con el regreso de la democracia: la presidencia provisoria del senado correspondía al partido de gobierno. Así había ocurrido en 1983 cuando, en minoría la UCR, se elige no obstante al Doctor Edison Otero (BsAs) presidente provisorio. Esta elección era crucial por la renuncia del vicepresidente Álvarez: el electo se instalaba en el primer lugar de la línea sucesoria. Asumiría la presidencia en la crisis.

No estoy escribiendo la crónica de una conspiración. Las conspiraciones en curso son infinitas, existen como las brujas y su existencia es negada siempre –como aquella de las brujas-antes, durante y después. Pero como las brujas son incompatibles con la Sociología del Poder que intentamos.

Imaginamos una investigación que la ciencia y sociologías políticas reclaman para encarar una cuestión que desde hace unos años nos preocupa como la calidad de nuestra democracia y su futuro.

En 2002 publiqué La Crisis en la Crisis (EUDEBA, Buenos Aires) donde incluí un capítulo acerca de los golpes de estado mal llamados “militares” para demostrar que desde 1930 a la fecha los golpes tuvieron siempre la particularidad de alinear a todos los partidos políticos opositores en el golpe de estado. Tuve la excepcional compañía –y los fundamentos históricos- de dos historiadores como Robert Potasch y Alain Rouquié a quienes había leído cuidadosamente.

Pero no recuerdo a nadie que la haya asumido. En particular los partidos políticos que suman al golpe y cuando el tiempo no acompaña, pasan a la oposición. Supongo que muchos tienen verguenza ajena, otros simplemente lo ignoran.

La pregunta es ahora doble: ¿Podemos hablar de golpes civiles sin participación militar? ¿Existe una cultura en la oposición que en situaciones críticas no asume la defensa de la institucionalidad? Si así fuese nos estamos hablando de un sistema político sino de formas groseras de acceso-asalto al poder gubernamental.

El carácter (militar o civil) de una insurrección o un golpe de estado es irrelevante cuando una investigación comienza. Estamos frente a una hipótesis no sistémica: en democracia no están admitidos los golpes de estado de ningún carácter ni de ninguna manera. Pero están admitidas las renuncias.

Con este criterio no hubo golpes de Estado contra Irigoyen ni contra Perón, puesto que ambos renunciaron. En cambio hubo golpe de estado contra Frondizi que había prometido “no renunciaré, no me suicidaré” y cumplió su palabra preso y confinado –no se sabe por quién- en la isla de Martín García. Por supuesto hubo golpe de estado contra Arturo Illia que no renunció y contra María E. Martínez secuestrada en un helicóptero.

Me excuso por estas disquisiciones algo ingenuas. Pero el camino de las ciencia política comienza siempre con preguntas tan infantiles como: ¿porqué unos mandan y otros obedecen?, tal Aristóteles, por ejemplo. Como otros se preguntaron en estos últimos veinte siglos pasados.

De modo que la renuncia de un presidente no excluye un golpe de estado aunque formalmente en ciertas circunstancias lo disimule o facilite la continuidad del sistema. La renuncia define la situación histórica pero no define los términos del análisis. Es parte de la situación que un investigador construye no solamente para esclarecer la coyuntura sino para fundar hipótesis teóricas mayores.

La protesta social de la clase media de la Capital, sectores empobrecidos del conurbano porteño, militantes barriales formaron parte de la movilización social y política que tiene epicentro en la Plaza de Mayo, cobrando víctimas inocentes. Esta misma protesta había motivado la declaración del estado de sitio por el presidente De la Rúa que lo deroga casi inmediatamente, antes de su renuncia.

Hubo además actores muy importantes en el escenario como el Fondo Monetario Internacional, es decir los mercados financieros que encuentran allí su referencia. De modo que las dimensiones de la teoría relacional están a mano para ser utilizados.

Si la buena medicina no identifica al médico con su paciente la buena sociología tampoco identifica al sociólogo con su objeto de análisis, ni con la acción ni con sus actores cualquiera sea su marco de valores.

Establecer empíricamente el origen social, los motivos, los métodos y actitudes de los sujetos movilizados es una condición para un buen análisis, aconsejaba ese formidable sociólogo que fue C.W.Mills en su Imaginación Sociológica cuya presentación en español –nada casualmente- cupo a Gino Germani.

Pero sospecho que es necesario algo más. Los buenos investigadores no dan por cierta ninguna interpretación, ningún relato de actores o lectores, porque presienten que las coyunturas son siempre desafiantes y capaces de reunir polos de comportamiento muy disímiles. No validan estigmas ni estereotipos. Indagan con paciencia y coraje. Se equivocan a veces porque el esfuerzo no garantiza verdades, pero puede aproximarlas.

(*) Profesor Emérito. Miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

 

 

 

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