Un país de individuos
Por Hugo Martini
La inmensa mayoría de los argentinos –sin necesidad de encuestas- cree que los padecimientos de su país y de su vida son responsabilidad de la dirigencia política. Una especie de grupo maldito que impide el desarrollo de un pueblo excepcional en un territorio maravilloso. Si estos dirigentes no estuvieran o fueran otros la Argentina sería uno de los países más importantes del mundo.
Esta idea es, obviamente, una transferencia de responsabilidad: los dirigentes no son una tropa de desembarco extranjera en territorio enemigo. El pueblo los ha elegido, repetidamente, a lo largo de los últimos 27 años.
En realidad la dirigencia política no es un castigo que los argentinos padecen, es lo que se le parece. Con un detalle adicional: si los dirigentes no se ponen de acuerdo entre ellos hay que preguntarse por qué el pueblo los elige divididos en pequeños grupos o partidos.
El resultado es que vivimos en un país de individuos, casi aislados en su propio interés, que elige una dirigencia de personas, no de partidos políticos. Si hiciéramos en el centro izquierda o en el centro derecha una lista de dirigentes principales veríamos lo parecido que son los cinco primeros en cada uno de estos dos grupos. Unos formarían el laborismo británico, o el socialismo español o los demócratas norteamericanos. Con los cinco del otro costado se podría armar el conservadorismo británico, los populares españoles o los republicanos norteamericanos.
Una ironía argentina es que la Constitución histórica de 1853 no contenía la expresión partidos políticos. Pero durante 140 años el sistema funcionó –excepto en los períodos militares- con la fuerte influencia de partidos políticos. En la reforma de 1994 –acordada por el Partido Justicialista y el Partido Radical- se incorporaron las dos palabras como una forma de asegurar el sistema democrático. Desde ese momento hemos asistido, curiosamente, a la atomización de los partidos políticos y a la aparición en su lugar de un mundo de individuos cuyos enfrentamientos hacen las delicias de los analistas, los humoristas y los medios de comunicación.
¿Debemos realizar un largo trabajo pedagógico sobre el conjunto del pueblo para que canalice su voto en grandes partidos? ¿O debemos pedirle a la dirigencia actual, fracturada y entretenida en enfrentarse a nivel personal, que deje de lado sus irrecuperables diferencias y se concentre en sus puntos en común?
La idea es crear un sistema electoral que invierta el cuadro de la realidad: en primer lugar, la existencia de fuertes partidos políticos y, recién después, dirigentes con fuerte sentido de pertenencia a estos partidos. Un sistema en el que no vivamos entretenidos –o sea, paralizados- con los cuentos, chismes y anécdotas personales de dirigentes cuyo tema es cómo se pelean, dejan de pelearse, buscan acuerdos y los rompen con la misma alegría y entusiasmo que ponen en sus juegos los particulares. ¿Es imaginar esta posibilidad un acto de inocencia? ¿Cambiará por esta vía la intención de los que eligen? Es probable.
Hace cien años Roque Sáenz Peña llevó el pueblo a votar obligándolo a votar. Más que hacer seminarios, escribir libros y dictar conferencias sobre la expresión de moda –Políticas de Estado- empecemos por hacer una ley electoral que permita que la dirigencia argentina se transforme en una dirigencia de partidos y no de personas.
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La política es generar, ganar y retener influencia para la causa que sea y eso tiene que ver directamente con el poder. Hacer política es construir poder. Y mientras el poder sea el fin último de la política en lugar de serlo para lograr una sociedad mas justa, bienestar y mejor calidad de vida de los ciudadanos, los dirigentes políticos seguirán siendo los responsables del desguisado porque no están cumpliendo con su mandato. El problema es que la mala imagen de los políticos -aunque nunca se debe generalizar- lleva a que aquellos con buenas intenciones se alejen de la política. No existe una “carrera” política en la Argentina, sino un cúmulo de paracaidistas que vienen de la nada y pretenden ser presidentes.
la democratizacion politica,no es,mas que el sueño
loco y pirata-que el ciudadano ayuda a realizar-de
los politiqueros de turno, de aqui y aqulla,en elmundo;les sirve para atomizarse(pequeñopsnegocios de garaje o fabriquitas politiqueras),para,en apariencia,enfrentarse en el juego de la democracia,y, servir de columna y sostener que mi pais -este o cualquiera-m,es una autentica democracia;para defender al ciudadanoy rodearlode todas las garantias constitucionales,legales,amen de las espirituales
-terminan y siempre lo esta,y,estaran con la otra gavilla de bandidos religiosos-;y de paso acumular egos y llenar bolsillos.la politica no es solo servir -hacen otra cosa,para ello esta el discurso publico:prtometar.no cumplir.tambien esta el discurso privado,solo a estos se les cumple-para conseguir una sociedad justa,llena de bienestar y seguridad;lo que al fin termina en calidad de vida ,para los ,ciudadanos,como concecuencia de este ejercicio,al politico -que son poquisimos,asi en superlativo,en el mundo-se le genera poder,ganar y ganar,es decir,retenerlo.
rodolfo ruiz latinoamerica uunida.