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Un nuevo pacto educativo para Argentina

[ 0 ] 17 marzo, 2017 |

por Andrés Delich (*)

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En los últimos treinta años, se ha puesto en evidencia la crisis que atraviesa el sistema educativo argentino. En muchos casos, las explicaciones radicaron en variables exógenas al sistema educativo como ser la herencia de la dictadura, la decadencia económica del país, la baja inversión en educación o todas a la vez.

Ahora bien, resulta interesante analizar la crisis del sistema educativo haciendo foco en las variables endógenas, en ciertas variables, en términos de política educativa, que generaron un escenario muy particular.

En primer lugar, en la última década  se combinaron tres tendencias para la educación. (a) el crecimiento de los recursos de la economía para aportar a la educación desde fuentes públicas y privadas, (b) el incremento de la participación del Estado en el PBI y (c) el incremento del financiamiento educativo en relación con el resto del gasto público y el PBI. La inversión en educación pasó de representar el 3.77% en el año 2003 a 6.47% del PBI en el 2011-[1]. Esto fue acompañado de un gran esfuerzo en términos del salario docente. El importante incremento de la inversión educativa, entre 2003 y 2014 hizo posible que el salario docente se recuperara en un 61,5% en términos reales, fruto del esfuerzo conjunto del estado nacional a través del Fondo Salarial Compensatorio, y de los estados provinciales[2]. Incluso la expansión en la planta docente creció por encima de  la tasa de cobertura.

Luego de una profunda crisis, la Argentina recupera los niveles sociales y de crecimiento económico, lo cual se vincula con la tendencia natural de poner por afuera del sistema algunas de las razones de por qué no siempre funciona de manera eficiente. Por ejemplo, si se observan las tasas de cobertura del nivel primario y secundario, es posible evidenciar un crecimiento que se corresponde con una tendencia que comienza en los años ochenta.

En segundo lugar, es relevante observar las tasas de cobertura del sistema. Hasta la década de los ochenta, la tasa de cobertura secundaria era de, apenas, el 56%. La transición democrática fue el “trasfondo para que se llevasen adelante una serie de acciones con tendencia a la democratización de la enseñanza secundaria” (Jacinto, 2006), como por ejemplo a partir de la eliminación del examen de ingreso. Hasta ese entonces, la escuela secundaria era selectiva,  pero la eliminación de este tipo de medidas dio lugar a una “fuerte expansión de la matrícula, generando una “masificación” de la escuela secundaria. En los años ochenta, comienza, entonces, un período de expansión permanente de la cobertura de nivel -con un crecimiento de 13 puntos durante el gobierno de Alfonsín. La década de los noventa, continúa con su tendencia expansiva en relación a la matrícula de la escuela secundaria –nuevamente una expansión de 13 puntos-. Esto se debe, principalmente, a la fuerte demanda social de la población por incorporarse a este nivel educativo así como, también, al establecimiento de la obligatoriedad de los dos primeros años del nivel por la Ley Federal de Educación.

Llegados al siglo XXI, más específicamente, entre los años 2000 y 2010, la tasa de cobertura continuó creciendo pero lo hizo de manera desacelerada. Esto puede deberse a que, para finales del siglo XX, el nivel de cobertura había alcanzado un alto grado de madurez, por lo cual la pendiente de crecimiento de la cobertura escolar no cambia sustancialmente.

En este contexto, surge una nueva demanda social: el nivel inicial. A diferencia de los demás niveles, en este caso, la tasa de cobertura fue muy alta, siendo canalizada, en gran parte, por el sector privado y dejando a la oferta pública por detrás de la demanda de escolarización del sistema educativo. Entre 2000 y 2015, se observó un crecimiento en la matrícula del 31,8%[3] en el nivel inicial, siendo la mayor expansión del sistema educativo de los últimos años.

Ahora bien, la mejora en los niveles de inversión educativa y del crecimiento en la matrícula del sistema también trajo aparejado una distribución desigual de oportunidades de aprendizajes. En esta línea, por ejemplo, si se toma como marco de referencia a las pruebas internacionales PISA (Programme for International Student Assessment), se evidencia una caída pronunciada en los resultados de las pruebas realizadas entre el año 2000 y el 2009. En esta misma dirección, así como no es posible evidenciar mejoras en términos de aprendizajes tampoco es posible en términos de eficiencia del sistema, como por ejemplo, con la tasa de repitencia, que provocaran cambios sustanciales dentro del sistema, así como tampoco, es posible evidenciar cambios significativos en los resultados de las evaluaciones realizadas en los últimos años.

¿Qué implica este panorama?

Se evidencian una serie de condiciones exógenas que impactaron en el modo en el cual el sistema educativo se venía desarrollando hasta el momento, algo que sucedió, también, en el resto de los países latinoamericanos.

En muchos casos, los procesos de expansión del sistema fueron similares y se basaron en tres premisas fundamentales: mayor financiamiento, aumento de la cantidad de cargos docentes y de alumnos en las escuelas. Muchos de los países de la región evidenciaron tasas de cobertura más bajas que las de la Argentina pero, lograron mejorar los resultados de aprendizaje, incluso, muchas veces, incorporando más docentes y alumnos al sistema. Se entiende entonces que, el proceso de incorporación de una mayor cantidad de recursos y de crecimiento del sistema, no es propiedad de la Argentina, sino más bien, de un conjunto de países que estaban atravesando la misma  situación y optaron por invertir en educación de formas diversas, en función de las posibilidades y recursos, generando resultados diferentes.

Es a partir de estas, se vuelve posible pensar que lo que entró en crisis es el modelo de organización del sistema educativo. Asumir esta última hipótesis implica asumir que ya no alcanza con incorporar recursos al sistema educativo, que la inyección de recursos no podrá derivar en mejores resultados en términos de aprendizaje.

Hipótesis de cambio

Quisiera compartir algunas de mis hipótesis acerca de porqué considero que el sistema educativo esta crisis tiene pone en jaque el modelo tradicional.

En primer lugar, han cambiado las condiciones históricas en las cuales funcionaba el sistema educativo. En sus inicios –finales del siglo XIX y principios del siglo XX- el sistema educativo, se estructuró en una sociedad profundamente vertical, si se lo analiza desde el punto de vista del trabajo, las relaciones sociales y familiares y, dando cuenta de que el peso de lo rural era extremadamente importante sobre el terreno urbano. En este contexto, el sistema educativo actuaba como agencia de sociabilización, de información y de circulación del conocimiento, al igual que en la actualidad.

En este marco y, pensando en los docentes, evidenciamos que el reclutamiento en el campo docente diferente al actual. Hasta los años 50, la mayor parte de las mujeres -sobre todo en los sectores medios- se encontraba por fuera del mercado laboral, por lo cual el sistema educativo las absorbía para nutrirse con recursos y con capacidad cultural. Llegados los sesenta y los setenta, este proceso se fue diluyendo, producto del ingreso de la mujer en la universidad y al mercado laboral.

En segundo lugar, evidenciamos un cambio en la relación entre el mundo familiar y el escolar, que muchas veces ha cambiado su relación con los docentes –incluso con un sentido despectivo-. El docente, anteriormente, considerado un referente social y cultural para la comunidad, dejó de serlo en la actualidad, lo cual evidencia la estructura vertical original, entre en crisis.

En tercer lugar, el monopolio del saber que parecía tener la escuela –considerada como agencia de socialización y de transmisión de conocimiento-, fue puesto en duda como consecuencia de una sociedad predominantemente urbana y horizontal en lo vinculado al acceso a la información, lo cual genera una sociedad más desigual. La Argentina en la que vivimos es mucho más desigual que la que supimos conocer en las décadas del setenta o principios de los setenta. Esto se debe a que, se han incorporado, sobretodo en la escuela secundaria, sectores sociales que, efectivamente, hace unos treinta años no estaban en la escuela.

Por este motivo, se vuelve imposible pensar en que la solución del sistema educativo argentino, sea la vieja alianza de política educativa a partir de la cual surgió en primer lugar. Estructuralmente, el consenso en este país radicaba en el hecho de que la educación es importante, por lo cual había que financiarla, construir escuelas a lo largo y ancho del país, generar cargos docentes e incorporar a los alumnos. Sin embargo, en la actualidad, el panorama cambia. Hoy en día, se vuelve necesario tomar en consideración aquellas cuestiones externas a la escuela y al sistema que se vinculan a condiciones sociales así como, a su vez, a cuestiones internas del sistema.

En la actualidad, se le reclama a la escuela cuestiones ligadas a la calidad, por ejemplo, en términos de resultados de aprendizaje. Si bien estas necesidades son producto de las demandas de la sociedad actual, para lograrlo ya no se requiere de un mismo modelo vertical -que baje desde el centro o desde arriba hacia abajo- sino que es necesario pensar una dinámica en donde la escuela sea capaz de formular sus propios proyectos, corriéndonos del modelo igualitario y central actual. En este marco, se vuelve necesario pensar en una estructura de organización educativa, que lleve a desarrollar diferentes modelos dentro de las instituciones, buscando salir del modelo enciclopedista y vertical, para comenzar a probar nuevos modelos en el marco del constructivismo, por ejemplo.

Se requiere del diseño de un nuevo pacto en el mundo docente, entre los docentes, el sistema y el Ministerio, así como, también, entre el Ministerio y las escuelas, lo cual lleve a pensar en responsabilidades y roles nuevos, para un mejor funcionamiento del sistema educativo en general. En esta línea, se trata de construir un programa sobre objetivos comunes que pueda tener un camino crítico fácil y simple que permita analizar la totalidad del sistema.

Este desafío político, no es solamente organizacional –en términos del cambio de la verticalidad a la horizontalidad-, sino que, también, es necesario tomar en consideración que el sistema educativo público es “sagrado” para los argentinos, por lo cual se opta por mantenerlo intacto y, en consecuencia, incorporar evaluaciones y resultados que permitan interpretar mejor lo que sucede en las escuelas.

El tránsito de lo viejo a lo nuevo

No es fácil el tránsito del viejo sistema educativo al nuevo. El sistema educativo argentino es un “vaca sagrada” para nuestra sociedad y, aunque veamos a la vaca  moribunda nos cuesta asumir la necesidad de la transformación.

Necesitamos un sistema educativo construido sobre una escuela inteligente, capaz de ordenar sus estrategias pedagógicas según el terreno en que le toca actuar. Necesitamos docentes que no solo conozcan a fondo el contenido de sus materias sino que sean capaces de pensar distintas estrategias según los alumnos que tienen al frente y necesitamos un nuevo pacto entre la familia y la escuela porque hoy es imposible educar solo desde la escuela.

En este tránsito tres prioridades deberíamos tener que den cuenta de nuestro compromiso con la equidad social y la calidad educativa.

Expandir la oferta de nivel inicial, mejorar la formación de los maestros y establecer un sistema de evaluación que nos permita tener una hoja de ruta de la mejora de la calidad.

No será tarea fácil en un país acostumbrado solo a discutir sobre paros y salarios pero alguna vez debemos empezar.

 

Bibliografía

Jacinto C. (2006). La escuela media: reflexiones sobre la agenda de inclusión con calidad. Fundación Santillana. Buenos Aires.

De Ibarrola M. y Gallart M. A. (1994). Democracia y productividad. Desafíos de una nueva educación media en América Latina”, OREAL (UNESCO) y CIID-CENEP. Santiago de Chile, Buenos Aires, México D.F.



[1] Cabe destacar que este aumento en la inversión se explica por la Ley de Financiamiento Educativo, sancionada en 2005, que estableció que el gobierno nacional y los gobiernos provinciales, en su conjunto, debían destinar un mínimo del 6% del PBI a educación.

[2] Fuente: Cippec, sobre la base de Unesco (2012) y OCDE/UNESCO WEI 2001.

[3] Elaboración en base a la información estadística de SITEAL.
(*) El autor es Ex Ministro de Educación de la Nación

(**) La pintura es de Renzo Celani

Categorias: Columnistas, Opinión

Perfil de Andres Delich: Ver Perfil.

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