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Ranking de Universidades

[ 0 ] 23 mayo, 2011 |

Por Francisco Delich (*)

Como todos los años de la última década, finalizando el ciclo lectivo superior en Europa y los Estados Unidos, conocemos una encuesta que prepara un diario británico que concluye, inexorablemente, condenando a las universidades latinoamericanas al fondo del escalafón, fuera del propio ranking si cabe.

Como se trata de iniciativa y producto de un periódico británico, replica inmediatamente en los diarios de nuestra región y desconcierta a propios (en las universidades) y extraños, que se interesan por la educación superior. Desde Miami se descalifica, a partir de la encuesta de un periódico a todas las universidades públicas grandes y pequeñas de América Latina y se sugiere cambiar el modelo que las condena, sostienen, a la decadencia, a la mediocridad, a la ucronía.

No se conoce bien la metodología de la encuesta, pero se puede suponer a partir de información parcial que se evalúa a partir de opiniones de universitarios de todos los continentes.

La encuesta es muy importante (y el propio ranking) para las universidades privadas de Gran Bretaña y los Estados Unidos pues establecen la cantidad y calidad de los aportes que reciben y de los aranceles que pueden establecer. Es obvio que la permanencia del primer lugar sostenido de la Universidad de Harvard la convierte, casi automáticamente, en la Universidad más cara de los Estados Unidos y en la más segura inversión para contribuyentes individuales.

La globalización financiera, (la más perfecta de las globalizaciones como he sostenido) e imperfecta de los mercados, sugiere a muchos una conclusión errónea: globalizar la educación superior con iguales patrones que emanan de centros supuestamente exitosos utilizando la lógica del mercado, el costo-beneficio sin otras consideraciones; en particular cuando se trata de educación y de educación superior específicamente.

Las universidades son sujetos singulares que admiten parangones pero no homogeneidades arbitrarias. Tienen memoria e identidades, tradiciones, estilos preferencias. La educación he sostenido es un bien público inapropiable tangible como el agua o intangible como el aire. Nadie puede ser excluido del goce de un bien público.

¿Cómo se compara la Universidad Gregoriana que forma sacerdotes y teólogos con el MIT de los Estados Unidos, como se compara La Universidad Tecnológica argentina con la Universidad de Buenos Aires o con la Universidad de San Andrés si fueron fundadas con objetivos diferentes y a lo largo de la historia no han hecho sino fortalecer sus respectivos perfiles?

Se puede y se debe comparar la calidad y el rendimiento de las carreras, para eso se establecieron umbrales para  la acreditación como lo indica la ley y evalúa la CONEAU. Pero una cosa es evaluar una carrera terciaria y otra cosa es un juicio global sobre las universidades como si formaran parte de un conjunto homogéneo.

Quienes seguimos críticamente la evolución de las Universidades sabemos que vivimos momentos de transición como la propias sociedades del planeta y con parecidas asimetrías.

El último número que acabo de recibir (tardíamente pero no tanto) de The New York Review fechado marzo 24-abril 6 de 2011 anuncia en su tapa Peter Brooks How Bad Are the Universities? Y en su interior reseña media docena de libros recientes dedicados a examinar la insatisfacción reinante en las propias universidades norteamericanas.

Todavía se recuerda –y vale la pena mencionarlo- el libro de Allan Bloom The closing of the American Mind (1987) prologado por Saul Bellow y que se abre con esta frase terrible que traduzco cómo la educación superior (norteamericana) debilitó la democracia y empobreció el espíritu de los estudiantes (actuales) ¿Exagera A. Bloom? Tal vez pero no le falta pasión ni conocimiento.

Un gran debate se ha abierto en el planeta sobre los paradigmas societarios y educativos. Imponer paradigmas es tanto como imponer modelos culturales inevitable antesala de hegemonías políticas. Felizmente lejos de la guerra fría que tanto daño nos causó, América Latina es parte de la construcción planetaria desde nuestras propias circunstancias.

Vivimos, se dice con razón, la era de las sociedades post industriales, sin advertir que nuestra post industrialización fue específica: el modelo ISI (industrialización por sustitución de importaciones y en consecuencia el espacio social desconstruído condiciona el ingreso a la sociedad de la información en curso de gestación. El paso de un tipo de paradigma social a otro nos obliga a repensar nuestras formas de instalación a partir de nuestras necesidades. Lo único que no nos podemos permitir es ser recolonizados cuando los países mas extensos territorialmente ocupan lugares impensados hace una década en el ranking por tamaño de sus PBI: Brasil 6to. México 12vo. Argentina 21vo. y el conjunto de la región exhibiendo crecimiento económico sostenido y fuerte recuperación de la autoestima.

El planeta es un desafío y la construcción de una civilización humana no es patrimonio exclusivo de nadie, país, sociedad, grupo o persona. El mundo es ancho como escribió Ciro Alegría, pero ya no es tan ajeno.

(*) Profesor Emérito y ex Rector de la Universidad Nacional de Córdoba y ex Rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

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