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Nuestros cuatrocientos años

[ 0 ] 28 agosto, 2012 |

Por Francisco Delich (*)

La misma emoción se repite cada vez que atravieso un aula, un patio, subo una escalera encogida o soberbia de mármoles de cualquier universidad del mundo.

Un aula de la Sorbonne, donde asistí a la primera clase de Raymond Aron; un patio rumoroso como el nuestro de la calle Trejo para un homenaje a Sarmiento injuriado o silencioso como la Universidad de Alejandría donde las huellas perduran para acusar a los bárbaros que incendiaron su biblioteca cuando la historia de occidente no había comenzado. Y que todavía persisten.

Un aula repleta de estudiantes en la Mutualité de Paris para escuchar a André Malraux, denunciar a los enemigos de la independencia argelina en 1962 y otra aula repleta de docentes y estudiantes, de nuestra Maternidad en julio de 1966 denunciando la intervención de la dictadura a la Universidad.

Emoción recorriendo el despacho del Rector Unamuno en Salamanca que los falangistas no pudieron borrar; en un aula de Princeton a la sombra de Einstein o un patio de San Marcos de Lima, con muros de Sendero Luminoso y profesores tranquilos describiendo a Mariátegui y Haya de la Torre; un aula electrónica en la Universidad Soka en Tokio y una clase clandestina en la primera universidad de América ocupadas por las tropas imperiales. O una clase abierta en Dakar para celebrar al poeta Senghor y la libertad de Senegal

La misma emoción angustiada, inefable o torrentosa en todas las Universidades de cualquier lugar, en cualquier momento de todos y cada uno de los siglos cuando la historia deja los libros que suele habitar y se convierte en memoria viva, circula entre nosotros en una belicosa sucesión de figuras e ideas, para asegurarnos que todos y cada uno somos de allí, es nuestro lugar en el mundo no importan ni las lenguas ni los espacios físicos porque tenemos la sensibilidad universal, el filo antico que atraviesa los siglos de Alejandría a Bologna, de Oxford a la UNAM, de Tokio a San Carlos de Guatemala.

Como en el Aleph de Borges todos las Universidades son la Universidad que no se cansa de amontonar siglos y héroes del pensamiento y mártires de la ciencia y de la fe.

¿Qué es la Universidad sino el espacio de la inteligencia? Para decirlo conceptualmente preciso con el maestro José Medina Echevarría escribió, maestro de la sociología y la ética republicana en España y en nuestras tierras, la Universidad es la inteligencia institucionalizada.

Mas allá de los tiempos, las circunstancias y las fronteras la Universidad ofrece una identidad desapacible, siempre eludiendo las repuestas hasta encontrar las nuevas preguntas, fascinando y desorientando, acogiendo y cuestionando, obligando y liberando.

Celebramos los cuatrocientos años desde aquel gesto definitivo de Trejo y Sanabria, entregando un sueño, objetivos y todos sus bienes a los jesuitas para que hicieran lo que hicieron durante un siglo y medio.

Los jesuitas introdujeron los albores de la modernidad y de la ilustración que se abrían caminos seculares y religiosos a la vez. Habían nacido para combatir la reforma de Lutero y Calvino pero no necesariamente los brotes del capitalismo que lo acompañarían los siglos siguientes en Alemania, Holanda e Inglaterra.

Organizaron una empresa con instrumentos tecnológicos avanzados para la época a comenzar por la contabilidad y el cálculo del costo-beneficio (hacía poco inventado en la Universidad de Bologña por Luca Paciolo) pagando salarios a los indios (a diferencia de los encomenderos que gozaban del trabajo servil) y siguiendo con la cría de un animal híbrido como la mula.

Una auténtica empresa que anticipaba el capitalismo tal lo demostró un maestro de la historia económica como Aníbal Arcondo. Combatieron los resabios feudales de los encomenderos. Invirtieron comprando estancias como Caroya en 1614, ampliando su capital, innovando y capacitando para sostener la evangelización y la universidad. Organizaron las reducciones con firmeza y planificación estratégica, una teocracia comunitaria, contracara del capitalismo burgués e individualista despuntando en Europa, incluyendo brigadas militares que enfrentaron exitosamente a bandidos y encomenderos, como describió la prosa inigualable de Leopoldo Lugones.

La expulsión no los amilanó y de vuelta en Europa no cesaron su lucha contra las monarquías que disputaban el poder del Pontífice católico (los llamados regalistas) ni su defensa del papado. Por esa y otras razones que abordaré mas adelante (**) un muy lúcido universitario y militante de la revolución de mayo como el Dean Funes gestionó su regreso. No hubo rencor sino agradecimiento por su obra durante la lucha por la independencia.

Pero los tiempos habían cambiado cuando fueron expulsados: los Borbones intentaban organizar un estado moderno, faltaba apenas una década para la independencia norteamericana, apenas dos para la gran revolución francesa y el espíritu del mundo se asombraba con las máquinas a vapor, los telares y las ciudades, las ideas, se emocionaba con el ímpetu liberador de la inteligencia en acción.

Otra evangelización recorría América, otros catecismos se difundían: los jesuitas habían desterrado el feudalismo, pero no podían competir con el nuevo orden burgués, ni sostener las misiones; habían contribuido a enterrar las monarquías absolutistas pero no podían enfrentar las democracias liberales en ascenso.

Para una universidad que celebra cuatro siglos, un período tan marcado como el de los jesuitas es nada más- y nada menos- que una parte de una historia que debe ser permanentemente visitada.

Como el tumultuoso período que siguió a la independencia donde alumnos fervorosos como Juan José Castelli y enigmáticos como José Gaspar Rodriguez de Francia trataban de fundar naciones como Argentina y Paraguay. O cuando un siglo después de la Independencia y poco más, la Universidad de Córdoba conmovería a América Latina con la Reforma de 1918, ahora convertida en una identidad de todas las Universidades públicas de la región. Pronto aquella rebelión estudiantil cumplirá cien años y la Universidad de Córdoba acompañada por las Universidades de América y del mundo así lo recuerda.

Probablemente querrán también recordar que aquel caserío que asistió a su alumbramiento, que fue después una aldea piadosa y desconcertante a la vez, la acogió para siempre.

La Historia de la Universidad de Córdoba es una historia mayor, es la historia de la ciudad de Córdoba como la historia de las Universidades de Alejandría, Paris, Oxford, Bologna o San Marcos es la historia viva de las ciudades que las quisieron y no la abandonaron jamás, donde cada tramo, cada período es valioso en relación a la historia total e inconclusa que prosigue y proseguirá.

La historia de la Universidad de Córdoba está tan viva como la ciudad que la acogió, tan viva como la inteligencia que alumbra desde hace cuatrocientos años y la voluntad de transformación que no la abandonó jamás.

(*) Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

(**) En un ensayo a aparecer el año próximo

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

Perfil de Francisco Delich: Ver Perfil.

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