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La guerra ha terminado

[ 0 ] 18 abril, 2016 |

por Francisco Delich (*)

DELICH - ClockworkLas noticias llegan tarde a la periferia. Ha sido necesario que el presidente de los Estados Unidos llegase a Buenos Aires para que todos supiesen (aunque no todos lo crean) que la guerra fría ha terminado en América Latina.

El Presidente Obama vino desde Cuba, el único estado comunista de la región, donde consolidó las relaciones diplomáticas, políticas, económicas y culturales con su país. La lenta transición que inició Raúl Castro cuando reformó el sistema económico del sector agrario cubano, cambiando el sistema de explotación e instalando el mercado,  y que prosigue con la transformación de la economía urbana en la misma dirección, no parece reversible.

El gobierno cubano tomó años atrás, con Fidel en el gobierno, tres decisiones estratégicas: terminó el apoyo a los grupos armados insurgentes, que finaliza en estos días contribuyendo al desarme de la última guerrilla, las Farc colombianas; fusiló a un general veterano de las guerras revolucionarias en África para demostrar que Cuba no permitiría la implantación del narcotráfico en su territorio ni siquiera como país de tránsito; y por último, asumió el fracaso de la sovietización de su economía, para decirlo como Fidel “un modelo que ya no nos servía ni a nosotros mismos”.

Los Estados Unidos tomaron, a partir de los años noventa,  dos decisiones paralelas: ni intervenciones armadas contra los gobiernos progresistas ni apoyo a golpes de estado militares o cívico militares. Antes, en 1962 había acordado con la Unión Soviética que no habría ataque militar a Cuba.

Fue a partir de estas tres decisiones cubanas y estas tres decisiones norteamericanas  que la reanudación de relaciones comenzó a tomar forma. La presidencia de Raúl en Cuba y Barak Obama en USA hicieron el resto. La democracia política se sostiene en la región y los gobiernos progresistas tienen un enemigo inesperado: la corrupción.

La guerra ha terminado  y en la plaza de la revolución sonaron los Rolling Stones, íconos del rock y de la cultura planetaria.

Pero en Buenos Aires no todos aceptan  que la paz en la región es una condición de la democracia, que la violencia física, la violencia verbal y la violencia sobre las conciencias son ahora inaceptables. Sienten que sin un enemigo, es imposible cualquier identidad política.

La guerra fría terminó con  el derrumbe del muro de Berlín en 1989 y la implosión de la Unión Soviética luego.

Ha trascurrido un cuarto de siglo, una generación para que otro escenario político internacional emerja y otras revoluciones hayan cambiado el paisaje del mundo: la revolución electrónica, la revolución genética que no nos ponen en el camino de la sociedad de la información como ha señalado Manuel Castells, ¿y seguimos con la guerra fría?

El Estado argentino ha cambiado sus orientaciones en materia de defensa. No hay hipótesis de guerra externa o interna justamente porque los sucesivos gobiernos de la democracia recuperada asumieron como política de estado, el fin de la guerra fría. Para el Estado la guerra fría terminó.

Los daños que causó la guerra fría en América Latina se pagaron con el atraso económico, la vulnerabilidad social, el recorte de los espacios de la cultura sin contar los millones –sí digo bien millones- de muertos o desplazados o discriminados por la invasión a Guatemala, a la república Dominicana, por las dictaduras atroces de Stoessner, Somoza, Trujillo. Tras cuarenta años de encierro en un conflicto ajeno que ya ha terminado, tenemos estado de derecho en la región.

Los rastros de la guerra fría en la sociedad política son visibles. Como el personaje de Semprun  en “Netchaiev ha regresado” hay odios incomprensibles, soldados perdidos, incapaces de aceptar la derrota, refugiados en resistencias extrañas porque nadie los amenaza ni los persigue, imaginando revanchas delirantes. Un anacronismo.

La irresistible marea global no tolera incoherencias ni permite las autarquías nacionales que imaginamos en los años sesenta. Pero abre la posibilidad de luchar por las autonomías nacionales, cualitativamente superiores, a condición de asumir el fin de la guerra fría y alejarse de las guerras calientes mientras tengamos la opción.

La última expresión de la guerra fría ha sido cancelada. La Argentina tiene la oportunidad, con un nuevo gobierno  que, sin prejuicios ideológicos y atento a los intereses nacionales, debe incluirse activamente en la recuperación económica de la isla acompañando también el camino de la recuperación democrática.

(*) Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Consejo Asesor de Carta Política

(**) La pintura es de TheClockworkKid

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

Perfil de Francisco Delich: Ver Perfil.

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