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La corrección tarifaria y el cambio en la estructura del gasto de las familias

[ 0 ] 13 junio, 2018 |

por Alfredo Gutiérrez Girault (*)

ALFREDOFinalmente, el realismo mágico y el oportunismo político pudieron más que la racionalidad y el Parlamento aprobó el proyecto de ley de la oposición para retrotraer el ajuste tarifario, obligando al veto presidencial.  No importó que los recursos que la corrección tarifaria implicaba estuvieran incluidos en el Presupuesto 2018 ni que las audiencias públicas se hubieran realizado en tiempo y forma. La oposición, fragmentada, aprovecha cada oportunidad para mostrarse  unida y volver sobre un tema socialmente álgido y esta fue una excelente ocasión. Pero, ¿cuáles son los datos y cuáles los problemas subsistentes?

Desde diciembre de 2015 las tarifas promedio de gas, agua y energía subieron 361%, 371% y 1.037% frente a un aumento del IPC de 89,4%. Al asumir Macri las tarifas cubrían entre 10% y 20% de los costos. Hoy, de implementarse los aumentos según lo previsto por el Poder Ejecutivo , cubrirán entre  70% y 80%. En otros  términos, de la mano del gradualismo, la otra orilla está ya a la vista luego de una profunda recomposición o más precisamente normalización de precios relativos.

El esfuerzo no ha sido vano:  el gasto público en subsidios económicos viene disminuyendo: en 2017 cayeron22,5% en términos nominales y en el primer trimestre de 2018 bajaron otro 20,3% interanual. Y de paso, hubo un ahorro de divisas: las importaciones de energía y combustibles cayeron  de 11,0 miles de millones de dólares en 2013 y 2014 a 5,7 miles de millones en 2017

Era obvio que el ajuste de las tarifas afectaría la estructura de precios relativos: de lo que se trataba era de recomponer el desastre provocado por la administración Kirchner que derivó en una caída monumental de la producción y en un aumento exagerado del consumo, con el consecuente problema de restricciones (cortes) e importación.

Pero los servicios públicos como energía y transporte tienen una baja elasticidad precio: un aumento de 10% en las tarifas reduce el consumo en solo 2% ó 3%. Eso hace que, a las nuevas tarifas, el rubro servicios públicos vaya recuperando posiciones  en la canasta de consumos de la  familia obligándola a reasignar el gasto en otros bienes o servicios menos indispensables.

Para explicarlo sencillamente el peso de los servicios de energía y transporte en el gasto de los hogares cayó de 12% en  el año 2000 a 2%/3% en 2015 y la política económica en curso está recorriendo el sendero inverso: se estima que ahora representa alrededor de 9,5%

Claro, en el periodo de tarifas bajas las familias volcaron el dinero que les dejaba la no actualización de las mismas aumentar la participación de otros bienes y servicios en su gasto total.  La hipótesis más probable es que aumentaron el gasto en conectividad (telefonía celular e Internet); basta observar las personas que viajan en colectivo o subte (subsidiadas dicho sea de paso) absortas ante el celular para confirmar esta hipótesis. Y el problema es que, por razones culturales y por que estos servicios tecnológicos son también inelásticos a subas en el precio, es difícil que su participación en el gasto familiar decline para dar “espacio” al mayor gasto en tarifas.

Si se agregan las subas de expensas, alquileres, impuesto inmobiliario, prepagas y colegios,  también componentes  inelásticos del gasto de los hogares, en particular los de clase media, se entiende el malhumor social.

¿Existía otro camino?  La respuesta es negativa por tres razones.

La primera es el deterioro de la situación financiera internacional, que hace imprescindible la corrección fiscal y la reducción  del déficit primario (y también del total, dado el creciente peso de la carga de intereses), al menos en línea con la meta de 2,7% (y si es posible por debajo de ellas) ante la eventualidad de una disminución del margen para colocar deuda para financiarlo. En el caso extremo, un parate en los flujos de capitales forzaría una corrección instantánea que provocaría un salto del tipo de cambio y el nivel de precios y un fuerte receso. Por eso, el acuerdo con el FMI, la solicitud de préstamos a bancos multilaterales (BID, Banco Mundial, CAF) y un eventual aumento del swap de monedas con China son balas de plata para mitigar ese peligro.

La segunda es que el precio internacional del petróleo empieza a subir. Buena noticia para Vaca Muerta, mala noticia para el valor de las importaciones de Argentina cuyo déficit externo se infla como un globo y que supera el 5% del PIB.

La tercera, la necesidad, urgente, de consolidar una estructura de precios relativos definitiva para dar una señal a las inversiones.

En resumen y  a pesar del cambio en la estructura del gasto que presupone, la corrección tarifaría  es una etapa indispensable e insoslayable del proceso de normalización de la economía argentina, y por lo tanto ha sido una decisión correcta el veto presidencial al texto aprobado por el Parlamento.

(*) El autor es Economista

(**) La pintura es de Pablo Picasso

Categorias: Columnistas, Opinión

Perfil de Alfredo Gutierrez Girault: Ver Perfil.

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