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La ceremonia

[ 0 ] 9 julio, 2014 |

Por Francisco Delich (*)

Un día fresco y apacible en el Palacio San José que un siglo y medio atrás construyera Justo José de Urquiza en la pampa entrerriana. Allí vivió y desde allí gobernó su provincia y luego la Confederación Argentina, allí fue asesinado por quienes no perdonaron su obra mayor, fundar la república de unitarios y federales, de porteños y provincianos.

Era el 23 de agosto de 1994, en el parque verde intenso, acondicionado para la ceremonia, se reunieron los 305 convencionales constituyentes para jurar la Constitución que dos días antes habían acordado en Paraná. Celebramos ahora sus primeros veinte años.

Habían transcurridos los noventa días previstos por la ley de convocatoria de intensas discusiones en el Paraninfo de la Universidad del Litoral. Santa Fe y Paraná volvían al escenario mayor de la Constitución, como en 1853, ahora para producir la reforma más sustancial desde entonces.

Sin embargo en un país sometido tantas veces a borrar y reescribir sus etapas históricas, en esta ocasión la Asamblea constituyente no sería soberana: estaba acotada, por la ley de convocatoria, a una reforma parcial que no podía afectar el núcleo duro, constitutivo de la propia república federal ( derechos y garantías ciudadanas)pero que podía y debía redefinir ambos términos.

Un pequeño escenario instalado en el espacio abierto del extenso parque recibiría al Poder Ejecutivo que después de los propios convencionales juraría la Constitución reformada. Allí coincidieron el presidente en ejercicio Carlos Menem y el presidente de la convención constituyente, su hermano Eduardo Menem. Enfrente los 305 convencionales Constituyentes elegidos con voto obligatorio y secreto de los ciudadanos y ciudadanas mayores de 18 años.

Con una ausencia clamorosa: el obispo Jaime de Nevares que había encabezado la lista triunfadora en las elecciones de Neuquén. De Nevares se había opuesto a la reforma Constitucional, había derrotado a los grandes partidos que sostenían su necesidad, el partido Justicialista y la Unión Cívica Radical. Respetado por la dignidad que mantuvo durante la dictadura cívico militar de 1976-1983, estaba gravemente enfermo, no pudo participar y falleció tiempo después.

Avanzada la mañana y con un sol fraterno que circulaba tibieza entre los asistentes, con algún retardo como es de práctica en ocasiones como ésta; la puntualidad (es sabido-vicio de la cultura industrial) no forma parte de las prácticas políticas locales.

Tras la entonación coral del Himno Nacional, comenzó la lectura del texto completo de la Constitución Nacional que sería jurado inmediatamente. Escuché como se escuchan los largos recorridos retóricos: con la media atención que el cerebro dispone para lecturas sin sorpresas.

No fue así. Sólo comenzar y un sobresalto para el oído semi distraído, porque a lo largo de la convención nadie hizo mención, no fue parte de la agenda. De haberlo sido, hubiese sido con toda seguridad- motivo de interminables discusiones como lo son todas aquellas que interpretan hechos históricos.

El secretario comenzó así su lectura que votaríamos inmediatamente después:

“Constitución de la Nación Argentina sancionada por el Congreso General Constituyente el 1 de mayo de 1853, reformada y concordada por la Convención nacional ad-hoc el 25 de septiembre de 1860 y con las reformas de las convenciones de 1866, 1898,1957 y 1994”

La lectura prosiguió con el Preámbulo: “Nos los representantes del pueblo de la Nación Argentina…”. Me quedé mentalmente registrando –y digiriendo intelectualmente- aquel párrafo mientras la lectura proseguía reiterando aquellas frases recogidas desde la infancia, frases escolares reiterativas e invariablemente sonoras en los bordes de la identidad.

Mi reacción fue inmediata: la constitución de 1949 había desaparecido, nunca había regido, no era parte de la historia constitucional. Pero era y seguiría siendo parte de la historia política del país, tanto tiempo como fuese reivindicada por un sector del peronismo.

Lo comenté en voz baja con mis hijos que compartían la ceremonia y luego en torno a la mesa familiar; ellos habían militado a favor de la Reforma, acompañado a Raúl Alfonsín en 1983 y desde entonces respiraban democracia en la Universidad, no tenían cuentas pendientes con el peronismo puesto que lo habían derrotado electoralmente. Ellos no habían nacido cuando el gobierno de Perón; aquella referencia mía, era comprensible pero lejana. Comprensión racional acompañada de ausencia emocional que sostiene la distancia generacional.

Semanas y meses después no encontré compañía para discutir el significado de esta omisión. Tampoco encontré referencias en los años posteriores como si un silencio rotundo excluyese del horizonte histórico esta ausencia en el texto liminar. ¿Un lapsus? ¿Un error técnico? ¿Una interpretación constitucional?

Acaso un olvido incómodo, una memoria lastimada que prefiere evitar los dramas de una generación. No debería ser así porque impide mirar de frente los progresos en la convivencia que hizo la sociedad argentina en estos treinta años de democracia.

No se trata de una lectura técnica sino de una memoria orientada de otra manera, hacia el largo plazo histórico donde los momentos de encuentro y consenso son tan fuertes que no necesitan el auxilio del olvido.

La constitución de 1949 era ilegal como lo reconoció en su último exilio Héctor. J. Cámpora, que había presidido la Cámara de Diputados de la Nación cuando se votó la ley de convocatoria. Pero la convención Constituyente que restableció la Constitución de 1853-60 se configuró en una elección en la cual el peronismo no pudo participar y votó en blanco, convención que no pudo finalizar por falta de quórum. Discutible su legalidad y legitimidad. En ambos casos media biblioteca de expertos en derecho argumentan, explican y justifican cada una de estas decisiones.

Mi reflexión carece de toda consecuencia práctica pero tiene importancia simbólica: la reforma de 1957 se agotó en la restauración de la antigua. Revancha de una facción porque la constitución de 1949 era igualmente la constitución de una facción. La reforma de 1994 fue el momento de la superación histórica, el momento de un nuevo pacto político al que llamamos democracia.

Esta reforma constitucional fue la más legal y legítima –como veremos- sancionada en la historia argentina.

(*) Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Consejo Asesor de Carta Política

(**) Extracto de un libro en elaboración

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

Perfil de Francisco Delich: Ver Perfil.

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