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La Argentina de las trincheras

[ 0 ] 6 septiembre, 2010 |

Por Esteban Bullrich*

El ejercicio del diálogo entre los que no piensan igual, principalmente en política, expresa no sólo un nivel de civilización sino que es, también, altamente conveniente. Es difícil imaginar un sistema democrático exitoso en el cual las partes utilicen la agresión o el silencio para convivir en un espacio común. Sin embargo, en la Argentina actual pareciera que dialogar con el adversario es un pecado o una forma de renunciar a las propias ideas. Este fenómeno muestra un cuadro contradictorio e irónico –como si fuera una orden- que parece estar en la naturaleza de las cosas: los puentes de la convivencia no deben reconstruirse, el enemigo es el diálogo.

Es un error pensar que esta falta de diálogo es una característica exclusiva del gobierno nacional. Es como una plaga extendida a muchos dirigentes de la oposición, entre ellos y con relación al gobierno.

La Argentina política se parece hoy a una guerra de trincheras como la que hubo en la primera guerra mundial (1914-1918). En gran parte de este conflicto las partes enfrentadas, casi a la vista, habían  cavado profundas trincheras en las que vivían los combatientes. Entre las posiciones se extendía  una franja de tierra vacía e improductiva: el que intentaba cruzarla moría. En nuestra vida política de hoy el que intenta establecer algún nivel de diálogo o acuerdo con la otra trinchera es un traidor que, además, pierde su propia identidad. La característica esencial de los dos cuadros es la inmovilidad. Nadie avanza y nadie gana pero de los dos lados se manifiesta, explícita, la agresión Pareciera que cada uno necesita este aislamiento primitivo y salvaje para representar su propio show unipersonal.

El resultado es la pérdida de la idea de continuidad como nación: cuando alguno de estos dirigentes llegan al gobierno, empieza de nuevo la historia. Excluyen todo el pasado e inician una aventura personal. Porque sienten que han ganado una guerra.

No deberíamos preguntarnos más sobre el largo proceso de decadencia argentina. Este sistema de aislamiento feudal no nos condena al éxito, como se ha dicho con ligereza, sino a la repetición permanente de los mismos errores que producen una extendida sensación de fracaso colectivo.

La propuesta es cruzar esa tierra de nadie que separa a dirigentes que se miran de lejos y se agraden. El costo es alto pero la decisión vale la pena. Porque ésta no es una ilusión ni un acto de inocencia es, simplemente, apelar al más crudo de los intereses. Todos los países exitosos, hasta nuestros vecinos latinoamericanos que prosperan –los que han creado formidables condiciones de desarrollo y reducido sustancialmente la pobreza- han hecho del diálogo el instrumento natural para resolver sus enfrentamientos políticos, económicos y sociales.

La inocencia es pensar que si persistimos en este sistema de trincheras, de agredirnos de lejos y todos los días, lograremos algo mejor a cambio de lo poco y malo que tenemos.

* Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires

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Categorias: Esteban Bullrich, Opinión

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