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El dilema II

[ 0 ] 19 septiembre, 2012 |

Por Francisco Delich (*)

Los responsables parlamentarios oficialistas se empeñan en afirmar que la Reforma Constitucional no forma parte de su agenda. No obstante otros grupos afines al oficialismo insisten en la necesidad de la reforma constitucional para consolidar su proyecto político- sin mencionar la reelección- y algunos gobernadores incluyen la reelección para asegurar un liderazgo que asegure la continuidad en el tiempo.

El proyecto de país que la Constitución Nacional debería establecer esta así ligado a una persona y su continuidad depende exclusivamente de la vigencia de su carisma en la sociedad.

La presidente calla pero no otorga. Está cumpliendo el 20% de su mandato y su horizonte inmediato, aunque ruidoso, no la inquieta. La economía desacelera pero escapa a la recesión, la inflación se mantiene pero no se encamina a una hiper, el precio de las commodities permanece estable o aumentan el valor de las exportaciones agrícolas y por consiguiente las retenciones, fuente mayor de las rentas fiscales.

Algunos creen que la marcha de la economía decide el humor social y anticipa las oscilaciones en el voto. Es parcialmente cierto, pero como todas las simplificaciones conduce a apreciaciones erróneas.

La presidente que vive el dilema no se engaña. La política le ha enseñado que la coyuntura económica es una condición y en pocos casos una determinación. Y cuando esto ocurre es el final de la política como opción. Por ahora entonces, la política y su dilema.

La sucesión anuncia siempre el fin de un ciclo aunque el delfín logre imponerse. El poder es implacable y la poderosa Presidente de hoy será la ciudadana común de 2015.Pero en un sistema democrático no es lineal construir un heredero: no pudo Lanusse al final de la tristísima revolución argentina, ni Perón en 1973, ni Alfonsín en 1989, ni Menem diez años después, ni Duhalde en 2003. Pudo Néstor Kirchner en 2007, podrá Cristina Fernández?

El dilema es dramático: ¿construir un candidato o avanzar sobre la Constitución?

En el primer caso la presidente acaso haya leído a Spota ,el mejor cronista de la política mexicana en tiempos rutilantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI)que gobernó setenta año con la severa consigna de ¡No Reelección! El presidente en ejercicio disponía de todo el poder, pero no podía aspirar a la reelección. De modo que construir un candidato victorioso era una de sus responsabilidades hacia el final de su sexenio.

Pero la tarea de selección probablemente comenzaba el primer día de su mandato al escoger su gabinete y proseguiría despaciosa y sutilmente hasta que llegaría el gran día, el día de la palabra mayor: el presidente convoca al elegido para informarle que será Presidente. Así lo cuenta Spota en uno de sus libros que nada casualmente se titula Palabras Mayores.

Por esta razón el presidente mexicano nunca sufrió el síndrome del “pato rengo” hasta el destape del nombre y apellido de su sucesor: poder completo e intocable hasta su extinción completa y definitiva.

La construcción del candidato es una obra de ingeniería artesanal, construida en interminables desayunos repletos de medias palabras que harían las delicias de un dirigente conservador de paladar negro.

No hay descalificaciones públicas ni privadas, las consultas a los sectores se multiplican: ¿que dicen los líderes campesinos? ¿Y los gobernadores? Y los sindicatos obreros? Y el sindicato de maestros? Y los empresarios? ¿Y los medios? Las consultas duran años y carecen de fronteras: una lenta criba filtra los intereses, las ambiciones, las pasiones.

La construcción de un candidato está más allá de las simpatías y lealtades personales. Su meta es el triunfo y la continuidad del partido en el poder. No es un ejercicio endogámico, sino articulación de representaciones reales y simbólicas.

La prioridad del presidente en ejercicio es evitar los conflictos que inevitablemente afloran en su propio gabinete, en su partido y en su base social, para lograr un candidato con el máximo de consensos. Miremos por aquí.

El gobernador de Córdoba ha hecho saber que competirá por la candidatura presidencial. La CGT se ha fracturado y una porción significativa ha decidido enrolarse en la oposición. Un grupo de intelectuales afines y orgánicos no acuerda la reelección pero seguramente opinará sobre el candidato que la presidenta escoja.

Son ejercicios de simulación. Son señales. Son presiones.

El dilema se sostiene: ¿avanzar institucionalmente o refugiarse en el carisma? ¿Construir un candidato o diseñar un futuro de reelecciones indefinidas como Chávez? ¿Esperar como Bachelet un retorno triunfal fortaleciendo el peronismo como partido político competitivo u optar por un movimiento social con un liderazgo carismático?

El dilema es caliente: cada día se alimenta de movimientos de amigos y adversarios, hasta que resuenen las palabras mayores, hic et nunc, salta Cristina.

(*) Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

Perfil de Francisco Delich: Ver Perfil.

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