El capítulo argentino de la crisis mundial (II)

Por Daniel Gustavo Montamat
Operar contra la gravedad económica no es gratuito. Trae consecuencias de corto y de largo plazo. En el corto plazo cebamos bombas de tiempo que explotan periódicamente obligando a ajustes draconianos que padecen más los que menos tienen. En el largo plazo seguimos el curso del “desdesarrollo”. En la década del 30 nos comparábamos con Canadá y Australia, en la década del 60 con Italia, y hasta la década del 70 con España. Hoy perdemos posiciones relativas en Latinoamérica exhibiendo indicadores de pobreza y marginalidad que duelen y avergüenzan.
Lamentablemente vamos a un nuevo ajuste, donde las restricciones de crédito y ahorro pasado imponen como objetivo prioritario mantener los superávit gemelos para evitar otro “rodrigazo”. Los superávit gemelos dependen de un tipo de cambio alto, de un dólar competitivo. ¿Cuán alto? Tan alto como lo exija la estrategia antiinflacionaria a implementar. A mayor control inflacionario, menos ajuste nominal. Es importante que los gremios entiendan que volvió la hora de defender nivel de empleo antes que recomposición de salarios. Si entramos en la espiral devaluación-inflación-precios-salarios, las distorsiones acumuladas terminan en una nueva explosión.
La inexistencia de un fondo anticíclico limita las posibilidades de estimular la demanda global con nuevas obras públicas. El financiamiento de las nuevas obras vía impuestos o más inflación deteriora el poder de compra y el nivel de actividad que se busca sostener. Pero habrá que terminar muchas obras ya lanzadas. El plan antiinflacionario depende entonces de la capacidad del Gobierno de desmantelar el régimen de subsidios, trasladando aumentos reales de precios y tarifas a los consumidores, sin que la reducción del poder de compra genere un espiral de alzas salariales.
En los anteriores shocks petroleros de la economía mundial, la restricción vino por el lado de la oferta (embargo, cuotas). En este último shock petrolero, la demanda tuvo un rol determinante. Desde 1998 hasta el 2002 la demanda mundial de petróleo creció a una tasa promedio del 1.1% anual. Entre el 2002 y el 2008 lo hizo a una tasa de 2.1%, y casi todo el aumento vino del mundo emergente. China explicó 1/3 del crecimiento de la demanda mundial del 2007. Parte de la expansión de demanda se debió al subsidio en los precios de muchos países (Argentina incluida).
En “vacas flacas” se va a resentir la demanda mundial de crudo, aunque subsistan las dudas respecto a las restricciones de oferta. Con un crudo a 50 dólares, nuestros precios, salvo que se modifiquen las retenciones, y que se devalúe mucho el peso, quedan casi alineados con los internacionales.
Con un mundo en recesión y un petróleo más barato será menos traumático reacomodarse a las referencias internacionales de precios y reducir los subsidios (tipo de cambio mediante), pero también será mucho más difícil seguir dependiendo de fondos públicos para financiar la infraestructura energética (caen los ingresos por impuestos y por retenciones). Como la mayor parte de las obras en curso dependen del presupuesto, es posible que aumenten los atrasos y las reprogramaciones de los cronogramas de obra.
Todo lo puede llevar a la discusión de “mayores costos” y las renegociaciones sin fin. Perdimos el cuarto de hora para las grandes apuestas exploratorias y ahora competiremos con otras geologías del mundo para atraer inversiones que serán más escasas. El nuevo escenario internacional urge a eliminar las retenciones y a relanzar una agresiva apuesta exploratoria.
La energía seguirá siendo un problema para las cuentas públicas y para las cuentas externas de una Argentina condicionada por la necesidad de superávit gemelos. Habrá que recrear certidumbre de largo plazo y plantear las soluciones en el contexto de un proyecto de desarrollo que trascienda lo sectorial.
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