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Alfonsín, dirigentes y sistema

[ 0 ] 4 abril, 2009 |

Por Hugo Martini

El balance de su vida dice que no fue tan bueno como lo mostraron desde su muerte ni tan malo como los juicios críticos sobre su presidencia. Creía en la más simple de las definiciones de la democracia que consiste en preguntarle a la gente qué es lo que quiere y no atribuirse el derecho de decidir en su nombre. Creía, también, que la presidencia es una institución creada para dar, no para recibir. Estas ideas movilizaron la semana pasada a millones de personas emocionadas, pasaran o no por la capilla ardiente del Congreso.

El problema es que el trabajo de Alfonsín, como presidente o dirigente, dejaba una enorme cantidad de flancos desguarnecidos. Creía –honradamente- que la vida económica debe seguir mansamente a la política, que los acreedores internacionales perdonan cualquier error en nombre de la democracia o que la guerra fría, en tiempos de su presidencia, era un fenómeno ausente y extraño a los intereses nacionales.

Sin embargo, el valor de Alfonsín se vincula –contra todos los supuestos- con la profesionalidad. Si profesional es el que puede desarrollar su actividad “con relevante capacidad y aplicación”, él fue un excelente profesional. Se propuso, como el objetivo central de su presidencia, restablecer el sistema democrático y lo logró. No solo lo logro: lo dejó impuesto como el único instrumento que los argentinos aceptan ahora, como legítimo, para arbitrar y decidir en sus disputas políticas.

Si miramos la historia como un proceso, el problema de los últimos 25 años no es Alfonsín. El problema son todos los otros dirigentes que lo sucedieron en el ejercicio del gobierno. Si hubieran actuado con la misma profesionalidad que Alfonsín tuvo para restablecer la democracia, la Argentina sería un país mejor. Estaría integrada al mundo y la política económica y social habría fijado –como en Brasil o Chile- un sistema permanente y compartido por distintas generaciones a lo largo del tiempo.

En cambio, los gobiernos posteriores fracasaron en ordenar la economía, reformar el estado, empezar y terminar el proceso de privatizaciones, crear un verdadero marco regulador de los servicios públicos, salir ordenadamente de la convertibilidad o instrumentar una reforma política que modernizara el sistema que Alfonsín había restablecido. Curiosamente, los que supuestamente más sabían son los que menos aptitud profesional  y política tuvieron para instrumentar en forma permanente sus propios proyectos.

Algo debemos distinguir en el homenaje a Alfonsín. El sistema democrático que él restableció con éxito y la vida democrática que no tenemos, pertenecen a distintas categorías. Todos los dirigentes adhieren, formalmente, al sistema democrático pero la relación interpersonal de estos dirigentes está dominada, en general, por la descalificación o el desprecio. Es difícil imaginar –si nada cambia- que el sistema pueda mejorar, con semejante nivel de contradicción.

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