¿Es tan mala la dirigencia política?
Por Hugo Martini
Faltan ocho semanas para las elecciones de junio y el escenario para los que tienen que tomar decisiones es desconcertante. No se trata solo del gobierno. El entretenimiento político más popular es el juego maniqueo de dividir a los dirigentes de la oposición entre ángeles y demonios.
En la Argentina existe una visión, muy extendida, que dice: hay dos clases de dirigentes.
- Los viejos políticos desprestigiados por ineficaces y corruptos –los demonios- cuyos actos están protegidos por una especie de pacto de silencio y
- La nueva dirigencia de la cual se esperan todas las virtudes –los ángeles- que, para no ser condenada, debe aplicar a la política impecables e irrenunciables principios éticos.
En medio de estos dos excesos no hay nada. En la argentina contemporánea casi nunca hay nada saliendo de los excesos.
La realidad, sin embargo, dice otra cosa. La llamada vieja dirigencia no es de una sola calidad, ni siquiera entre peronistas y radicales. En todo caso, es injusto incluir a todos en la misma bolsa. Muchos de ellos han generado, solo en los últimos ocho años, algunos actos que deberían merecer algo distinto a una condena.
- En los días previos y posteriores a la renuncia del presidente de la Rúa en diciembre 2001 se produjo una situación anárquica en la que junto a la desaparición del gobierno hubo muertos, heridos y destrucción de bienes públicos y privados. En ese momento la vieja dirigencia –a través del Congreso- mantuvo durante diez días la legalidad haciendo funcionar los mecanismos de sucesión institucional que prescribe la Constitución.
- Esta misma dirigencia voto las leyes necesarias, principalmente en los seis primeros meses de 2002, que permitieron ordenar la deteriorada situación económico-social.
- Durante el enfrentamiento entre gobierno y campo por la Resolución 125 fue en el Congreso donde se resolvió el conflicto, quien actuó como una adecuada caja de resonancia de la movilización popular.
- A lo largo de 2008 y 2009, con la ayuda de los llamados nuevos dirigentes, la vieja dirigencia ha organizado y sigue en la tarea de unir esfuerzos entre muchos que no piensan igual, para ofrecer por los menos dos frentes electorales alternativos a fin de enfrentar al gobierno en las elecciones del próximo 28 de junio.
Por su parte, a la llamada nueva dirigencia, se le cuestiona y le es exigida todos los días una respuesta no de un político, sino de otro actor social –por ejemplo un intelectual- quien no esta obligado a tomar decisiones. En realidad es difícil analizar, seriamente, estas demandas transparentes e inmaculadas:
- Nadie debería invertir sus propios recursos, personales o familiares, para desarrollar su actividad política. Si esto fuera cierto, gran parte de la vida política de los últimos 250 años sería incomprensible. Esta imaginativa consigna haría desaparecer de la historia, entre otros, a la legión de los George Washington, Juan Manuel de Rosas, Justo José de Urquiza, Federico Engels-Carlos Marx, Winston Churchill, todos los hermanos Kennedy y toda la familia Roosevelt.
- Un dirigente político produce un terrible acto de inmoralidad si renuncia a un cargo para el que ha sido elegido y, antes de terminar su mandato, se postula para otro. Acá el que desaparece es Obama. La contestación a este ejemplo es aterradora: “el caso no es válido, Obama se presentó como candidato a Presidente”. En este punto y para contribuir a la confusión, valdría la pena hacer dos preguntas:
Pregunta uno: ¿Los tres poderes del Estado –ejecutivo, legislativo y judicial- no tienen la misma jerarquía?
Pregunta dos: ¿Qué puede pasar si la nueva mayoría parlamentaria elije el próximo 10 de diciembre a Gabriela Michetti presidente de la Cámara de Diputados? El o la presidente de esta Cámara esta en tercer lugar en la línea de sucesión presidencial, después de Julio Cobos
Podemos, sin duda, mirar la realidad desde otra perspectiva.
Deberíamos pensar si exigirles a los políticos un comportamiento no político, no es una trampa. Cuando le pedimos a la nueva política una conducta parecida al sueño de los ángeles le estamos haciendo el juego a ese amplio espectro de demonios a quienes repudiamos. Estos no tienen límites, a los otros les pedimos todo.
Ortega decía: “se viene al mundo para hacer política o se viene para hacer definiciones. La definición es la idea clara, estricta, sin contradicciones; pero los actos que inspira son confusos, imposibles, contradictorios. La política, en cambio, es clara en lo que hace, en lo que logra y es contradictoria cuando se la define”.
Los problemas de la Argentina no se originan solo en su clase política, menos cuando esta dirigencia ha sido elegida libremente en los últimos 25 años. Acusarla de todos los males es repetir, con otro destinatario, aquello que se le critica a Kirchner: la maldición incesante de un culpable que no es él.
El 28 de junio la mayoría debería probar que los dirigentes se parecen a lo que esa mayoría dice ser.
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