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Privacidad

[ 0 ] 25 junio, 2012 |

Por Francisco Delich (*)

En un libro tan delicioso como importante (que hasta donde conozco no ha sido traducido al español) Barrington Moore Jr. uno de los sociólogos más respetables del siglo pasado a quien deberíamos considerar entre los fundadores de la sociología histórica junto a Marx y a Max Weber, y con T.Parsons, R.Merton y W.Mills entre los mayores sociólogos norteamericanos del siglo XX, escribió con mucho placer-según confiesa- esta exploración acerca de la vida pública y privada, reuniendo experiencias antropológicas y antiguos testimonios sobre Atenas y Roma.

El libro se titula Privacy. Studies in social and cultural History (1984) y atraviesa los siglos y civilizaciones para encontrar las raíces profundas de la relación entre lo público y lo privado mas allá de la identificación estado-público por una parte y sociedad civil-privado por otra, que estrictamente corresponden a la modernidad occidental.

Uno de los aportes más interesantes es el comentario de BM acerca de un estudio que una antropóloga realizó entre un grupo de esquimales viviendo en el extremo norte de Canadá en el ártico, en igloos totalmente aislados en invierno.

La antropóloga Jean Briggs convivió cerca de dos años con los Utgos (abreviación de un extensa denominación) y comprobó los límites y malos entendidos de la privacidad. Obligados por el contexto externo las obligaciones sociales, la división del trabajo entre varones y mujeres les hace suponer que la privacidad es una forma de escapar a las obligaciones.

Pero la investigadora, mujer de clase media norteamericana como se autodefine, siente la falta de privacidad. Es un rasgo -se dice – de las clases medias, la necesidad de un tiempo y espacio propios como condición de independencia. Porque el resultado de esta convivencia agradable y amistosa al principio donde la sociabilidad se refuerza en un sistema de “visitas” entre vecinos se convierte en una total dependencia “como un niño de tres años” grafica Briggs hacia la familia.

La ausencia total de privacidad en el igloos para el sexo o las necesidades fisiológicas forman costumbres naturalizadas que tienen una regla clave: el silencio.

El silencio es la barrera de la intimidad. Los ojos no ven y si los oídos nada escuchan es porque nada que incumba a cada quien, está ocurriendo.

Me detengo en la idea de equivalencia entre la completa sumisión entre la autoridad patriarcal que se ejerce –y no solo entre los esquimales aludidos – en el control de la intimidad.

Nuestra intimidad se protege de las miradas y condenamos justamente por esta razón a los voyeur, al curioso, al indiscreto o perverso que se solaza con la intimidad ajena. La intimidad es el momento de encuentro con uno mismo, del dialogo entre la naturaleza y la razón.

Leopoldo Lugones en su Historia de las misiones jesuíticas un bello relato que además es un testimonio –por el nivel de detalle- antropológico, cuenta que en una ocasión los indígenas que conviven en la misión se insurgen contra la autoridad religiosa, civil y militar que imponen los jesuitas con este discurso: “muy bien, nosotros aceptamos que el Dios de ustedes existe. Aceptamos que son tres pero son uno. Aceptamos que es el mas sabio y poderoso. Pero no podemos aceptar que todo lo mira en todo tiempo y lugar”.

Vivimos un momento donde las demandas de privacidad se amplían al compás de una reivindicación de la subjetividad y por otra parte donde la tecnología permite el control y la supresión (total?) de ese modo de la vida privada. Cada vez somos mas vigilados y controlados por razones de seguridad, más invadidos por razones comerciales (nuestros correos virtuales engrosan infinitos bancos de datos).

Nuestros mensajes telefónicos se mantienen en el espacio a disposición de extraños por buenas y malas razones, nuestros mensajes de correo electrónico circulan mas allá de los destinatarios, nuestros antecedentes vitales (como los resultados de análisis clínicos, radiografías, estudios específicos ) circulan en las unidades hospitalarias) donde concurrimos y toda la información referente a nuestro trabajo e ingresos y egresos a través de la información financiera que brindamos cada año a los recaudadores de impuestos.

En los sistemas totalitarios o autoritarios, en nuestras dictaduras pasadas la ecuación se simplifica: todo lo estatal no es público sino secreto y el mundo privado puede dejar de serlo discrecionalmente. Justamente con el retorno de la democracia asistimos a la reivindicación de la privacidad y al derecho ciudadano de convertir lo estatal en público. La democracia es nuestra garantía del derecho a la intimidad entre otros derechos.

En la reforma constitucional de 1994 gracias al esfuerzo de un grupo de docentes e investigadores de la Facultad de Derecho de la Universidad de Córdoba, sometí a la consideración de la Asamblea Constituyente y fundé en el recinto, el derecho a conocer la información obrante en el estado nacional acerca de cada persona interesada en la misma.

Fue votado y forma parte actualmente parte del artículo 43 de la CN. Establece el derecho a pedir un amparo para “tomar conocimiento de los datos a ella referidos y su finalidad que consten datos públicos o privados destinados a proveer informes y en caso de falsedad o discriminación para exigir la supresión, rectificación confidencialidad o actualización de aquellos”.

Sin embargo los espacios de privacidad son cada vez menores: lentamente se corre el último de los telones: nuestros deseos. Podemos expresar nuestras necesidades: se puede protestar, ocupar la calle e imponer atención inmediata para ellas, pero debemos renunciar a nuestros deseos o bien explicarlos y pedir permiso (aunque se trate de triviales ocurrencias) para satisfacerlos. Extravagancias sociológicas?

Un ejemplo ayudará. Un ciudadano argentino mayor de edad quiere viajar como Marco Polo, aunque no necesariamente tan lejos, para conocer donde sueñan las mariposas; aquel ciudadano demócrata necesita comprar dólares y debe entonces explicar por qué le interesan las mariposas.

Todo el mundo sabe que las mariposas viven horas! Como viven tan poco y no alcanzan a soñar, usted no tiene derecho a viajar le explica compasivamente un funcionario anónimo (recuerde los empleados del Estado son amables servidores públicos) pero es mi plata, indica tímidamente el ciudadano demócrata, no importa le replican generosamente, permítame protegerlo de usted mismo, no puede ni debe viajar, porque los deseos disturban en el igloo.

(*) Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

Categorias: Columnistas, Francisco Delich, Opinión

Perfil de Francisco Delich: Ver Perfil.

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