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Sarmiento fue “Un grito, no una palabra”

[ 0 ] 13 septiembre, 2011 |

Por Felipe Yofre (*)

“Nació para ser sentido, no entendido”

Así lo definió Eduardo Wilde, en una carta que le enviara a Felipe Yofre (tío carnal de mi padre y que fuera Ministro del Interior de Roca). La carta la mandó desde Washington donde Wilde se desempeñaba como Enviado extraordinario y Ministro lenipotenciario de nuestro país. Personalidad multifacética, don Eduardo fué sanitarista, escritor de aguda pluma y también avezado político de esa generación: ocupó la cartera de Instrucción Pública en 1880 y la de Interior en 1886 con Juarez Celman. Era a su vez un hombre que disfrutaba de la literatura y un estupendo humorista. En todos los análisis sobre sus contemporáneos no podía soslayar su formación médica.

Wilde como muchos hombres de su época fue un gran liberal en momentos en que toda la estructura de la enseñanza poseía una fuerte impronta eclesiástica. La separación se consumó bajo su Ministerio en el primer gobierno de Roca –bajo la inspiración de Sarmiento- con la sanción de la ley 1420 de educación común, obligatoria, gratuita y laica.

En su etapa inicial Sarmiento se formó al lado de José de Oro, un sacerdote emparentado con él. Fue en la localidad puntana de San Francisco del Monte y aprendió las doctrinas de la Biblia cuando en su Provincia, San Juan, el Gobernador Salvador Maria del Carril (en 1853 Vicepresidente de Urquiza) encabezaba una reforma fuertemente progresista entre las que incluía la supresión de los privilegios de la Iglesia. Por tal motivo el gobernador fue depuesto; Oro intervino activamente en la revuelta y luego el sucesor Navarro lo obligó a dejar la Provincia.

Volvamos a Wilde y su juicio de valor sobre nuestro personaje: abordando la condición autodidacta de Sarmiento, decía, “que ante las deficiencias de su información llenaba los claros por intuición, deducción, analogía, inducción, ampliación o por invención finalmente y que la instrucción primaria le debía mucho pero no todo como muchos pretenden; sí el “haberla puesto de moda” para lo cual se necesitaba coraje y condiciones excepcionales”.

Y remataba este documento con dos conceptos liminares: uno era el de que el sello mas indeleble de su persona psíquica era “la imposibilidad de pasar desapercibido” y la otra, al compararlo con Nicolás Avellaneda que fue su Ministro en esta área decía”.

“Sarmiento llenaba la atmósfera de rayos, relámpagos y truenos y Avellaneda envolvía la tierra que pisaba en una nube, la empapaba, la penetraba, la abrigaba y la fecundaba”.

Lo maravilloso de esta correspondencia es que ausente la cibernética por aquellos tiempos, se veían obligados a escribir, en el marco de un lenguaje exquisito y depurado y a comprometerse con sus juicios de valor. De ahí que al conmemorarse su bicentenario me propuse rescatar este documento suscripto por uno de los más lúcidos exponentes de aquella época, que trasluce la condición utópica y luchadora de don Domingo, forjada desde una infancia llena de carencias económicas.

En lo personal quisiera aportar un recuerdo también de uno de sus mas importantes biógrafos – Allison Williams Bunkley – estadounidense, proveniente de la Universidad de Princeton, que visitara nuestro país en 1948, autor del libro “Vida de Sarmiento” y que falleciera trágicamente dos años después, al cumplir 25 años, jugando a la ruleta rusa.

Por entonces su cicerone en Buenos Aires fue Manucho Mujica Lainez, quien lo llevó varias veces a la quinta de mis abuelos en San Isidro y una noche me levantaron de la cama para cotejar mi rostro con el suyo por lo redondo y rosado. Bunkley, como Thomas Mac Gann (autor de uno de los mejores estudios sobre la generación del 80) enfatizaba acerca de la importancia de la tradición hispánica, en el medio en el cual se desenvolvió Sarmiento y la fuerte impronta de los caudillos que confrontaban con su intento de modernizar el país.

A juicio de Bunkley, Sarmiento, admirador irrestricto de los Estados Unidos, no logró superar la marca personalista heredada del pasado hispánico, en la vocación caudillesca de sus líderes que aún pervive entre nosotros.

Años después la conformación de la Liga de Gobernadores, decisiva en 1880, nos proyecta a nuestros días en el marco de la influencia, que estos Jefes provinciales poseen junto a los Intendentes, cercenadas sus facultades por la intervención económica del Estado central y que no es precisamente un tema novedoso entre nosotros.

Lo suyo fue educación popular, junto a las banderas de la libertad y de la ciencia, así como de comunicaciones para un país despoblado, a las que llamó “esta cuestión de los caminos de hierro” fundamentales para el desarrollo nacional. Por eso cuando leí el informe de IRSA, publicado en la anterior edición, sobre el porcentaje de pobres que concluyen sus estudios en la Universidad inmediatamente pensé en qué diría don Faustino que tanto luchó por la igualdad de oportunidades para todos.

En el ejercicio de su mandato presidencial Sarmiento, abrió el camino para que Nicolas Avellaneda su sucesor viajara a su Provincia en tren recorriendo la distancia a través de pampas y salitrales. Posteriormente tras la conquista del desierto y la federalización de Buenos Aires, se sumó al aluvión inmigratorio y las obras públicas.

Por eso al conmemorarse su bicentenario, el que esto escribe, educado en la escuela y la Universidad pública, no puede menos que evocarlo con respeto y admiración. Su impronta se hizo sentir en quienes lo sucedieron, por caso en el marco de la cultura popular y la temática del cine argentino de la década del 40 en la recreación de las grandes gestas nacionales.

Porque como decía Wilde en esa carta, premonitoriamente: ¿quien podía dejar de oír a Sarmiento…?
(*) Conservador Popular Porteño.


Categorias: El corazón al Sur, Felipe Yofre

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