Mundial de Tango
Por Felipe Yofre (*)
“A bailar, a bailar, que la orquesta se va…”
Como en grandes épocas pasadas, muchos porteños estuvimos de fiesta. Colas interminables desde la madrugada en la Avenida de Mayo para acceder a las 20.000 entradas gratuitas y participar del “Tango Buenos Aires Festival y Mundial” que se celebró simultáneamente en el Centro Municipal de Exposiciones y en los teatros 25 de Mayo y de la Ribera; las series finales en el Luna Park.
Lo valioso de la propuesta consistió en persistir con la tendencia de fusionar distintas generaciones en el marco de un mismo proyecto y en esta convocatoria comprometer a las nuevas camadas con nuestras raíces musicales urbanas. Ha sido sin duda un verdadero acierto de su promotor, el Ministro de Cultura de la ciudad, consciente que el piberío mueve gente.
Tanto es así que mucha juventud copó la pista del Centro de Exposiciones (era tal la multitud que se bailó hasta en los pasillos) exhibiendo un estilo singular: dotados de la agilidad propia de su edad le añadieron la adopción de viejos cánones milongueros, incluso las mañas. Con un añadido mas que interesante: no todos los purretes eran porteños sino también provincianos y del exterior.
Sucede que en el interior del país está en aumento el interés por la coreografía del 2 por 4 sin por ello dejar de gustarles géneros más modernos, incluso del folklore. Hoy coexisten música contemporánea con la nuestra así como antes era imposible no imaginar “típica y jazz”, léase Glenn Miller junto a D`Arienzo (el “rey del compás”) o “Varela-Varelita” con Fresedo.
Ni que hablar de nuestros visitantes extranjeros que llegaron en numerosos contingentes a intervenir en el certamen colmando la capacidad hotelera, restaurantes, etc, dejando una importante cantidad de divisas. Para demostrarnos también que afuera se baila tan bien o mejor que aquí, en la noche del lunes 29 de agosto la pareja triunfadora fue colombiana imponiéndose a una venezolana sin participación argentina. Tango con “sabor caribeño”, como dije alguna vez, de Chico Novarro.
En el caso de los latinos el fenómeno poético de los letristas entró fuerte en Centroamérica (recuérdese a Rolando L´aserie y sus versiones de “Las cuarenta” o “Cambalache”) pero en el caso del Japón (lo recuerda Luis Alposta) fue con la 2ª guerra mundial que llegaron a Tokio nuestras partituras. A partir de allí surgieron orquestas respetando nuestros arreglos: cantantes como Rango Fujisawa y los nipones ganaron el Mundial de danza en 2009.
Para mí, unido al tango hace mas de 60 años, resulta – como diría Blackie – un “volver a vivir”, encarado hoy con una mirada festivalera (en cuanto a la convocatoria) respetando sus esencias. El fenómeno de la década del 40 fue irrepetible y tuve la suerte de vivirlo en sus postrimerías (lo actual es muy parecido) y nuestra presencia en los bailables sabatinos era también sin cargo.
Todo esto sucedía en el marco de un proceso histórico en el que la participación de las grandes mayorías era central, pensado, diría Cadícamo, para “cuando un pobre se divierte”. Así florecieron las milongas de barrio con sus personajes contoneándose en “Tango salón” o “Tango escenario” (como en este último Festival) ataviados con trajes cruzados ellos y voluptuosos escotes las “féminas”. También allí se calificaba “la caminata, el abrazo y la elegancia” como ahora, para otorgar el premio previo paso de exigentes pruebas de selección.
Por razones diversas el género, como la cultura popular, sufrió luego un repliegue recluyéndose; incluso su temática cambió para volverse mas elaborada, y ¿porqué no? mas elitista. Quedaron a un costado invocaciones tales como “la pista se ha poblado al ruido de la orquesta” o “muchachos comienza la ronda, vayan pasando al salón” que apuntaban a estimular el “ahora una corrida, una vuelta o una sentada, así se baila el tango, un tango de mi flor”.
La llama votiva de la danza, repito, se mantuvo en las milongas de barrio, por caso, la “Suderland”, “El fulgor de Villa Crespo” o “La Argentina” porque se fueron cayendo una tras de otra catedrales como “El Tabaris”, “Marabú”, “Tibidabo” o “Chantecler” y la “Novelty” de Esmeralda y Lavalle, en cuyas inolvidables virolas de bronce solía apoyarme para correr con el cuerpo de una punta a la otra del cabaret.
Desde Casimiro Aín a nuestros días sobresalieron grandes artistas, por ejemplo, el célebre Juan Carlos Copes, Miguel Bucino, Tito Lusiardo, Miguel Angel Zotto, los Dinzel y fundamentalmente Jorge Orcaizaguirre, “Virulazo”.
Apelo a su recuerdo y pongo este Mundial bajo su advocación, como al de un ícono, “bailarín orillero” cuyas pisadas debieron conservarse en el “Hall of Fame” de un gran dancing nuestro, siguiendo el ejemplo del “Roseland” de New York que preserva las huellas de Fred Astaire, George Raft y Gene Kelly.
Fue (lo definimos juntos en una larga tenida) un “seductor con busarda” , de gran anillo en el meñique, calzado siempre de smoking o de negro porque lo estilizaba, meneándose con Elvira, su gran amor, ella ataviada de lentejuelas que refulgían con los “spots” y toda su humanidad “al contacto de las sabias palmas del morocho”. El no era un acróbata sino un milonguero del conurbano.
En definitiva, Virulazo fue el “bailarín compadrito” de Bucino, “vestido como un dandy/ peinado a la gomina/ y dueño de una mina / mas linda que una flor” y tal como dijo Homero Expósito en “A bailar” “sobre el fino garabato, de un tango nervioso y lerdo, se va borrando el recuerdo.” ( salvo el de Virulazo y de este Mundial ).
(*) Conservador Popular Porteño.
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