Respeto sin ironía
La importancia del 14 de agosto era verdadera y sigue siéndolo, no importa sus resultados. Asumir la realidad, cruda y simple, es uno de los ejercicios que más le cuesta realizar a los argentinos. No debe minimizarse el 50% de la Presidenta ni el 12% de Alfonsín y Duhalde. Porque para el futuro del sistema un dato es tan importante como el otro. Pero con distintos matices: uno es la confirmación de un rumbo y el otro es, probablemente, el final de una época.
“La democracia es un exceso de las estadísticas” dijo Borges, pero con el ingenio de la ironía no alcanza. ¿Qué reacción hubieran tenido aquellos que le quitan importancia al 14 de agosto si Cristina hubiera alcanzado 34% y Alfonsín y Duhalde se hubieran acercado a 30? Entonces, este resultado sería la prueba indudable de la plenitud del sistema democrático. En cambio, frente al resultado electoral hemos construido un mundo de fantasía para jugar, como si fuéramos chicos, con las palabras democracia, legitimidad e instituciones. El juego establece que todas estas palabras representan íconos sagrados, únicamente si ganamos. Caso contrario el juego termina y nos encaminamos, inexorablemente, a un cuadro de desorden caos y tiranía.
La Argentina ha repetido esta locura varias veces a lo largo de su historia. Radicalismo y Peronismo fueron negados, sucesivamente, como la encarnación de fenómenos incomprensibles, inaceptables y que, oportunamente, debían ser primero desjerarquizados y después, de cualquier manera, eliminados. El desconocimiento de la realidad llevó a elegir, en tiempos distintos, caminos alternativos hasta culminar hace 30 años con la conocida secuencia circular: democracia, golpes de estado, terrorismo guerrillero, golpes de estado, democracia. No hubo dos o varios demonios sino uno solo: la violencia, como el instrumento natural para decidir las diferencias políticas.
La protesta opositora no debe referirse al resultado electoral sino a preguntarnos cómo es posible que, después de 28 años ininterrumpidos de democracia eligiendo cada dos años, el resultado es el que tenemos a la vista.
Debemos mirar la realidad sin anteojeras. ¿Es el cuadro actual igual al que había en 2001 o 2003, que entre sí fueron distintos? No exactamente: hace ocho años la mayoría vivía todavía al compás de “que se vayan todos” y Néstor Kirchner obtuvo un modesto 22%. En 2011 la mayoría ha votado por la continuidad y Cristina Kirchner alcanzó el 50%. Pueden darse muchas explicaciones pero la democracia – “el peor sistema excepto todos los demás” – consiste en preguntarle a la gente lo que quiere.
La Presidenta que ganó tiene una responsabilidad inmensa que tendrá que expresar en acciones, no en discursos. Pero la otra mitad, que perdió, tiene que decidir si aceptará sin condiciones su responsabilidad, o explicará su derrota intentando disminuir la calidad de los que no los votaron.
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Estimados amigos, estoy harto ya de quienes no alcanzan a ver el Fraude y aceptan sin darse cuenta el engaño del sistema que se impone a la voluntad popular. No seamos torpes. No aceptemos el engaño. La rebelión ante dicha situación es una obligación. Sumarse a la denuncia es no aceptar la mentira de la tiranía Kirchnerista.
Gonzalo L. Villalobos