Política “Festiva”
Por Hugo Martini
Han transcurrido casi quince días de la elección de Jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires y pareciera que el resultado más importante es un juego sobre lo equivocado que estuvieron porteños y porteñas que votaron por Macri. Esta reacción podría recibir el nombre de festiva, como extensión de una expresión usada en forma despectiva y en varios países, con respecto a la “izquierda festiva”. O sea, frívola, entretenida, sin consecuencias, irresponsable, Pareciera que la política entera de la Argentina se ha transformado en festiva.
Sería un error asociar esta idea de festiva con fiesta o festival. Porque hay una diferencia entre la forma y el contenido. Una ceremonia puede asumir la forma de una fiesta pero el contenido ser muy serio. Por ejemplo, cuando cualquier partido –Peronismo, Radicalismo o PRO- organizan un festival como parte de su acción política con la intervención de artistas y los mismos dirigentes cantan y bailan. El acto tiene forma de fiesta pero el contenido es serio. En cambio, en la idea de festivo nadie canta y baila pero el contenido es un juego. A este punto ha llegado hoy la política de la Ciudad: desde políticos a intelectuales desorientados que buscan, con bronca y gracia, una explicación por la derrota.
Es curiosa esta forma de reaccionar de una ciudad con el más alto nivel socio-cultural de la Argentina y uno de los más altos de la región. Porque es sin duda festivo el razonamiento que dice por ejemplo: “la democracia es el único sistema que puedo aceptar siempre y cuando la mayoría piense como yo”.
De este razonamiento surge la pregunta de cuán firme y sólido es el sistema democrático restaurado en 1983. En realidad, queremos que la democracia sea como un traje a medida. Deberíamos preguntarnos si el enorme desprestigio de la dirigencia política no tiene, entre otras causas, este particular origen: muy pocos creen realmente en el sistema excepto que le favorezca. De este supuesto salen todos los demás: las leyes y los fallos judiciales se aplican o no por el gobierno de turno según afecten o no sus intereses.
En realidad lo que hemos instaurado no es la democracia, sino un sistema que una irónica y perversa expresión mejicana lo describiría de la siguiente manera: “a los amigos todo, a los adversarios ni justicia y al resto de los ciudadanos el cumplimiento estricto de la ley”.
La última y más complicada pregunta que debemos formularnos es la siguiente: ¿esta visión festiva de la sociedad y la política es responsabilidad de los dirigentes o expresa, en realidad, al pueblo que los elige? Una probable respuesta es que después de 28 años de elegir democráticamente autoridades cada dos años, con un promedio relativamente alto de información y de expresión, el problema es que los dirigentes –desde intelectuales a políticos- se parecen a nosotros.
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