Mirando las dos mitades
Por Hugo Martini
Existe una forma equivocada y rudimentaria de mirar el resultado electoral del 14 de agosto que dice: “el 50% que votó a Cristina rechazó la República por un televisor en cuotas.” La metáfora es imprecisa y equivocada. No todos los que votaron a Cristina miraron la cuota del televisor y muchos lo pueden comprar al contado.
Las cosas son más simples. La realidad dice que es muy reducida la cantidad de gente cuyo interés en la vida cotidiana pasa por la política. Pregunta: ¿Si votaron 21 millones de personas alguien supone que por lo menos 10% (2.1 millones) habla con frecuencia de política con sus amigos y calcula los riesgos históricos que toma en el momento de votar?
Este fenómeno no es una característica argentina. La inmensa mayoría vota –en todas partes- por las cosas más simples. Lleve un presidente norteamericano la tasa de inflación a dos dígitos y el interés de las hipotecas al 18% (como Jimmy Carter) y se producirá el siguiente fenómeno: votarán a quién proponga cambiar ese estado de cosas, no importa si es republicano o demócrata, negro o blanco, progresista o del tea party.
La República no es un estado de gracia permanente al que basta con invocarlo para que aparezca, es un proceso en el cual es necesario luchar todos los días. La República y sus instituciones son una consecuencia y no el origen de una forma de hacer política. El origen real es lo que en las empresas se llama recursos humanos, la disponibilidad de los mismos y la capacidad que tienen para producir ciertas cosas. Las ideas y los discursos de los dirigentes que los publicitarios grafican para la propaganda gráfica, televisiva o mural son como un llamado a la epopeya de grandes aventuras cargadas de pasión.
Pero la epopeya que está en los libros de historia ha sido siempre la consecuencia de algo, no un acuerdo previo de los dirigentes. Los miembros de la famosa Generación del 80 –por ejemplo- no se saludaban entre ellos como “de la generación del 80”. Era un grupo de recursos humanos excepcionales que no decía todos los días de que estaban construyendo un país en un desierto. Era más simple, lo estaban construyendo. Combatían entre ellos, tan apasionadamente, que podían quedar al borde del fusilamiento por otro miembro de esa misma generación, como le pasó a Mitre en 1874.
Hay algunas preguntas que son previas a un acuerdo de la dirigencia política que perdió. Previas a declarar el amor por la República y la indudable necesidad de su vigencia.
Preguntas: ¿Cuáles son los límites sagrados que les impide estar juntos por un lado a Alfonsín, Binner, Carrió y Solanas y, por el otro, a Duhalde y Rodríguez Saa? ¿Si estamos ante la construcción de un nuevo tablero político por qué debe haber nueve candidatos y no tres? ¿Por qué no se archiva la idea de una dirigencia política de personas –cada dirigente importante un candidato- y se construye, simplemente, una política de partidos?
¿Qué tienen que ver estas tres preguntas con la República y la cuota del televisor? Reiteramos: no será apasionante, pero es un problema de recursos humanos. O sea de idoneidad, que es la aptitud que la Constitución exige para ocupar cargos públicos. De saber si hay o no hay dirigentes capaces de transformar las ideas en hechos concretos, porque ideas en la Argentina sobran.
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