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El olvido de lo esencial

[ 0 ] 3 agosto, 2011 |

Por Hugo Martini

La amplia victoria de Mauricio Macri en la primera vuelta en la Ciudad generó una curiosa reacción, entre agresiva e irónica, de muchos que no aceptaron este resultado. El sorpresivo segundo lugar de Miguel del Sel en Santa Fe y la amplia diferencia de Macri en el balotaje han continuado la saga de asombros. ¿Cómo es posible que estos dos dirigentes, que no parecen políticos, se transformen en actores excepcionales del mundo político?

 Este asombro no se reduce a artistas e intelectuales con ninguna simpatía por Macri o del Sel. Se extiende a amplios sectores sin definición política quienes tampoco comprenden los fenómenos Reutemann, Scioli o Narváez. Existe una extendida creencia que sostiene: los políticos “son otra cosa”. Según esta idea, a la política se accede únicamente después de una larga carrera partidaria o desde alguna actividad considerada prestigiosa: abogados, médicos, ingenieros, profesores. Pero no deportistas, empresarios o actores. La pregunta es si este supuesto es verdadero o pertenece a una realidad que ha dejado de tener vigencia.

 Esta discriminación no es nueva y no es un invento argentino. En 1967 asumió como Gobernador de California Ronald Reagan, un actor de películas clase B, con una imagen secundaria como portavoz de mensajes publicitarios de General Electric.

 Ahí arrancó un viaje político de 22 años, hasta el final de su segunda presidencia en 1989. A partir de 1981 restableció la importancia y credibilidad de la presidencia deteriorada en la crisis de Watergate y llevó adelante, entre otras iniciativas, la mayor reforma fiscal desde la posguerra reduciendo impuestos, porque sostenía que el dinero en manos de las personas producía más recursos para el conjunto de la sociedad que en manos del Estado. Finalmente, acordó el final de la Guerra Fría con Mijail Gorbachov y lideró a su país en la liquidación de la Unión Soviética, que se había impuesto como uno de los objetivos de su gobierno. Pero nunca fue admitido en esa especial categoría de “como debe ser un político”. Era solo una especie de “animador simpático e ingenioso, pero sin nivel”.

El rechazo de la realidad, desde un supuesto intelectualmente superior, impide muchas veces ver lo esencial que, como sabemos por El Principito, “es invisible a los ojos”.

Esta idea de desacreditar lo que no se llega a percibir, sigue puntual la idea del Obispo Berkeley (1658-1753) para quien “el mundo que representan nuestros sentidos solo existe si es percibido”. Al Obispo le preocupaba que el mundo dejara de existir si él dejaba de mirarlo. Pero en vez de responder con modestia a nuestras limitaciones los argentinos estamos reaccionando con soberbia: “estos dirigentes no son políticos”.

Desde el restablecimiento de la democracia en 1983 el sistema no ha producido resultados similares, en circunstancias equivalentes, a los de Brasil, Uruguay o Chile. Por un lado, a nadie se le ocurre cambiar el sistema político pero tampoco casi nadie, de cualquier idea, siente que vive en una sociedad exitosa en términos económico sociales. Sobre esta decepción surgió, naturalmente, una generación de dirigentes que no parecen políticos, pero que ejercen el oficio con tanta aptitud como los tradicionales.

El ajuste para entender lo que pasa debería consistir en abandonar en política un principio que no lleva a ninguna parte: la realidad es lo que yo quiero que sea.

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