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Elecciones y acción directa son contradictorios

[ 0 ] 21 diciembre, 2017 |

por Hugo Martini (*)

HUGO2El 18 de octubre pasado se realizaron las elecciones llamadas de mitad de término: se renovó la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio de las bancas del Senado. Muy pocos días después continuaron en las calles piquetes, manifestaciones y ollas populares, como si las elecciones no hubieran existido. El 29 de noviembre, cuando juraron los senadores electos, hubo que vallar los alrededores del Congreso para impedir el paso de manifestantes. El miércoles 14 de diciembre hubo que vallar de nuevo porque se iba a debatir el proyecto de la ley jubilatoria. En este caso la acción directa ingresó a la Cámara de Diputados: un grupo de legisladores abandonó su banca, se acercó insultado al presidente Emilio Monzó, arrancó y le tiró su micrófono.

En medio de muchas anécdotas y transcendidos, la Argentina vive dominada por este doble juego entre elecciones y acción directa. Este es el centro de la crisis y el resto, como decía Borges, “es literatura”. Sin embargo, como las noticias que se leen todos los días, los espectadores están acostumbrados a este fenómeno y no lo ven como contradictorio. Las palabras elecciones, ganadores y perdedores, piquetes, policías o gendarmes para impedir que los manifestantes avancen, proyectos de ley, insultos al Presidente de los diputados realizados por otros diputados, se han naturalizado en el sistema político que hoy vive el país.

La pregunta es si un sistema democrático –porque de eso se trata- puede llegar a sobrevivir si todos piensan que es lo mismo votar cada dos años o salir a la calle, pegarle a los que fueran electos, romper vidrieras y edificios y controlar el espacio público, para imponer su voluntad.

Curiosamente, no han formulado declaración alguna con relación a esta contradicción dirigentes políticos de la oposición que no están involucrados en los incidentes, empresarios interesados en salvaguardar sus inversiones presentes o futuras, dirigentes gremiales ni miembros del mundo intelectual. Algunos protestan, pero nadie habla de la contradicción. De nuevo, es como si este fenómeno estuviera incorporado, naturalmente, a la vida cotidiana del país.

Esta distorsión no es una novedad. Este doble juego ha existido, en mayor o menor medida, desde el restablecimiento del sistema democrático en 1983. Pero como todas las distorsiones, ahora se está acercando a una situación límite. Cada vez es más fuerte y cada vez parece más natural.

Entre las múltiples reuniones para alcanzar acuerdos que realiza el gobierno con la oposición, habría que incorporar a la agenda el tratamiento de esta contradicción. Porque será muy difícil que la vida democrática que tanto costo recuperar – las famosas instituciones de la Constitución- pueda sobrevivir, si cada dos años se vota para elegir a quienes gobernarán y al día siguiente un grupo –grande o chico- sale a la calle a imponer su voluntad por la fuerza. Porque este tema, aunque parezca demasiado simple, es el centro del problema que impide la estabilidad del sistema.

(*) El autor es ex Diputado Nacional (PRO), Director de Carta Política

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