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Después de Charlie Hebdo

[ 0 ] 16 enero, 2015 |

Hugo Martini

CARTA POLITICA

“El que elige el campo de batalla gana la guerra”. La idea está implícita en todo el pensamiento estratégico desde Sun Tzu, hace 2.500 años, hasta Basil Liddell Hart, hace 90. Los terroristas que asesinaron en París 10 periodistas, custodios y rehenes eligieron el campo de batalla: la violencia pura y simple. La pregunta es si se responderá en el mismo terreno que eligieron estos criminales, o sea con una violencia mayor y sin reglas, o si se leerá la historia reciente de hechos similares y se aprenderá de la experiencia.

El 11 de septiembre de 2001 terroristas organizados realizaron un ataque masivo y destruyeron las Torres Gemelas en Nueva York. La indignación del llamado mundo civilizado tuvo la misma magnitud del efecto que produjo el atentado en París. Pero la respuesta fue una catástrofe: el Presidente George W. Bush decidió, menos de un mes después, invadir Afganistán, presumible refugio de los terroristas que no fueron hallados. El siguiente paso –por torpeza o intereses comerciales- fue Irak, que no era el blanco porque de ahí no habían venido los ataques. Lo curioso es que dos años después (excepto en los EE.UU) el atentado había casi pasado al olvido y lo único que se recordaba era la represalia norteamericana.

¿Se pueden hacer las cosas de otra manera?

ISIS y Al-Qaeda están esperando un contraataque clásico, o sea, que la respuesta se exprese en los mismos términos que ellos eligieron: atentados, tiros, guerras, rehenes, secuestros. De esta manera podrían vender la imagen que occidente quiere destruir al mundo islámico y que en esa ruta mata a jóvenes idealistas. En realidad, esta forma de terrorismo no es nueva. Está sostenida en una idea de Mao Tse-Tung: “el poder descansa en la punta de un fusil”. Pero en enero de 2015 la “punta de un fusil” es una idea antigua, un campo de combate primitivo expresada en una ametralladora que se consigue nueva o de segunda mano.

Se puede elegir otro campo de batalla: Francia y sus aliados deberían, por lo menos, empezar actuando con las armas de este siglo. Con el aporte del fenomenal desarrollo tecnológico y de las comunicaciones, utilizando del mundo digital, descubriendo y bloqueando las rutas del dinero –legales e ilegales- que sostienen los ataques, desarrollando una política que separe la población musulmana de los terroristas y servicios de inteligencia altamente sofisticados que no necesiten meter la cabeza de un espía en el agua para hacerlo hablar.

Estos razonamientos pueden ser calificados de ingenuos, pero esta acusación ha ocurrido siempre. Existe una tendencia –una comodidad fatal- en el sentido que nada puede modificarse y que hay que repetir las mismas soluciones, que terminan fracasando.

La pregunta es: ¿para qué sirve la inteligencia sino es para usarla? ¿Cuál es la diferencia de la cultura occidental con los que la quieren destruir, sino puede imaginar nuevas formas para resolver conflictos?

El mejor homenaje a los muertos de París es trabajar con metódica inteligencia donde no debería haber lugar para los exaltados, que quieren ir a pelear ahora mismo al campo de batalla que eligió el otro.

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