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Amigo-enemigo y el tiempo perdido

[ 0 ] 30 octubre, 2014 |

Hugo Martini

CARTA POLITICA

Aquellos que imaginan que la política es un juego de amigo-enemigo trataron, en 2003, de articular un sistema para recrear en la sociedad civil las formas de la guerra. El lugar común indica que este sistema, donde desaparece el diálogo y solo existe la confrontación, impide el juego democrático. Los intelectuales y los políticos que siguen esa idea no sospechan que el tema es mucho más simple: esta supuesta teoría es tan solo un formidable instrumento para perder el tiempo. Porque cuando termina el ciclo, el balance es siempre negativo.

El sistema no lo inventó el kirchnerismo, sino que como tantas otras distorsiones, solo lo llevó al colmo. Conservadores y radicales desde la década del treinta en el siglo pasado, después peronistas y radicales, gobiernos civiles y golpes militares, guerrilla y represión, con diferentes niveles de intensidad y de violencia son formas que la política asumió para perder el tiempo. Porque en medio de estos enfrentamientos aumentó la pobreza y nació la inseguridad, aparecieron y crecieron las villas miserias, se deterioró seriamente un ejemplar sistema educativo, mientras las instituciones se transformaban en un traje a medida, ajustado a las necesidades de quienes ejercían el poder. Cualquier análisis muestra que la tendencia Argentina, en el promedio de los últimos ochenta años y comparado con los ochenta anteriores, se ha dirigido hacia abajo.

La teoría del amigo-enemigo funciona también –con menos violencia- dentro del sistema democrático. Desde 1983 ha continuado –a pesar de algunos grandes esfuerzos individuales- este ejercicio de perder el tiempo. La mayoría de los dirigentes de los dos partidos que han gobernado desde entonces, hablan y proponen como si el país de hoy fuera la obra de algún grupo de ocupación extranjera y ellos recién llegados al mundo de la política.

A través de esta actitud de recién llegados describen un país imaginario, distante de Brasil, Uruguay o Chile: porque en las últimas tres décadas democráticas la Argentina no alcanzó objetivos parecidos al de los tres ejemplos. El mensaje infantil dice así: en 2003, en un país maravilloso, los Kirchner le inyectaron alguna fórmula venenosa que, desaparecidos ellos, producirá el renacimiento instantáneo de aquel paraíso perdido hace doce años.

El segundo perfil de esta dirigencia principal de dos partidos –porque la Alianza de 1999 agrupó muchos más- es la decisión de considerar enemigos a aquellos que no han gobernado el país. El ejemplo más notable es la expresión “Macri es mi límite”. En realidad lo que ha hecho Macri es ganar tres elecciones consecutivas: la de diputados nacionales en 2005, la Jefatura de Gobierno en 2007 y la reelección –por el 64% de los votos- en 2011. En ésta última ganó en todas las Comunas de la ciudad de Buenos Aires, incluido el Sur, que “había abandonado”. La conclusión “democrática” de este razonamiento, dice que los habitantes de la Ciudad –principalmente los del Sur- padecieron en 2011 de alguna forma de discapacidad mental que les impidió advertir “lo mal que los habían gobernado en los cuatro años anteriores”.

Pregunta: ¿Hay otros candidatos que todavía no han gobernado a nivel nacional y merecen también su oportunidad? Sin duda que sí, pero es curioso que nadie exprese “mi límite es Binner, Massa o Scioli”.

Es probable que la Argentina se mueva a fines de 2015 hacia una nueva forma de expresión política: no importará tanto lo que los dirigentes declaren o propongan sino que es probable se produzca, solo, un desplazamiento de la gente de carne y hueso hacia un horizonte no transitado. Porque la distancia que existe entre la gente y la dirigencia tradicional no asume características de un enfrentamiento. Es más grave porque tiene la forma de un divorcio clásico: la indiferencia.

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